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LEYES CONTRA HOMOSEXUALES

En la ONU se está debatiendo la posibilidad de aprobar una resolución para impulsar la despenalización de las relaciones homosexuales en el mundo, pues, aunque nos parezca mentira, en pleno siglo XXI, todavía hay numerosos países donde la homosexualidad es castigada con la cárcel, e incluso en algunos (Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Irán, Mauritania, Sudán, Yemen y algunos estados del norte de Nigeria)  con la pena de muerte. Cito los nombres de estos países, porque, en mi opinión, es bueno que se sepa dónde se mantienen todavía leyes aberrantes, como estas, que violan flagrantemente los derechos humanos más elementales.  

La Unión Europea, que propone esta resolución, aspira a que sea apoyada, como máximo, por 60 países, de un total de 192. Ni siquiera una tercera parte de los que pertenecen a la ONU.  

Entre los que se oponen, llaman poderosamente la atención el estado del Vaticano y los Estados Unidos. Ambos argumentan que apoyar el fin de las condenas por orientación sexual puede provocar una reacción en cadena de uniones entre personas del mismo sexo y una discriminación hacia los matrimonios tradicionales entre heterosexuales.  

Al margen de la escasa validez de la argumentación, se trata, sin duda, de una postura que va en contra de la declaración universal de los derechos humanos y que está muy alejada del amor cristiano y la fraternidad que tanto pregona la iglesia.  

En nuestro país, durante el franquismo, existía una ley contra vagos y maleantes, que incluía a los homosexuales; durante el nazismo, la homosexualidad era condenada con la cárcel y muchos homosexuales fueron sometidos a la castración voluntaria para recuperar su libertad; en los colegios, tradicionalmente, los jóvenes amanerados siempre han sido objeto de burlas.  

Es verdad que, al menos en España, las leyes no los discriminan, pero siguen siendo señalados con el dedo, quizá no para burlarse de ellos, pero sí para comentar por lo bajo su homosexualidad, como si fuera una marca que los diferenciara, lo cual no es sino una forma sutil de discriminación. ¿O acaso señalamos con el dedo a los heterosexuales para proclamar su heterosexualidad? 

Quizá podríamos empezar en nuestros ámbitos más cercanos, por ejemplo en el instituto, y ¿quién sabe?, a lo mejor, con el tiempo, una resolución, como la que se debate en la ONU, podría conseguir el apoyo de la mitad más uno de los países que la integran.

CHARLA SOBRE LA CONSTITUCIÓN

Me sumo al comentario elogioso de nuestro compañero Francisco Pérez Galisteo, en Ticágora, sobre la charla coloquio del profesor Ciro Milione, acerca de la Constitución Española. No creo que exagere en su apreciación ni que se haya dejado llevar por un entusiasmo injustificado. Al contrario, yo también me sentí seducido por las palabras del profesor de la universidad de Córdoba. En este caso, unas palabras acompañadas del gesto y de la técnica. Agradecimos que el conferenciante no permaneciera sentado, durante todo el tiempo, porque no sólo se comunica con la palabra hablada, sino también con los gestos de la cara, con los movimientos del cuerpo y de las manos, con los silencios. A través de este lenguaje no verbal pudimos percibir la pasión que ponía en su mensaje de que la constitución es tan importante para un país, como los cimientos para una casa. Todo aderezado, además, con imágenes divertidas proyectadas en la pantalla. Y de vez en cuando, como recuerda Paco en su comentario, una pregunta para que los que escuchábamos pensáramos en la respuesta: “¿tiene poder el rey?”. División de opiniones, que le sirvió al conferenciante, como buen republicano, para dar su opinión crítica sobre la monarquía, que no es elegida por el pueblo. 

El mensaje final: la constitución es como una luz que nos guía en el camino, una utopía que da sentido a nuestra vida en sociedad y que nos permite elegir continuamente en libertad, es decir, ser personas. 

Nuestra felicitación al profesor Ciro Milione, con el que disfrutamos por lo que dijo y por cómo lo dijo; al DACE, que se encargó de la organización de la actividad; al compañero Francisco Pérez Galisteo por su implicación en la misma; y al alumnado de 1º de Bachillerato por la atención y el respeto con el que siguieron la charla.   

UNA GRAN DOÑA INÉS

 Hoy, martes, hemos asistido a la representación teatral de “Don Juan Tenorio” de José Zorrilla, en el teatro Avanti de Córdoba. Se trata de una adaptación hecha por la empresa Recursos Educativos para alumnos de educación secundaria. Para darle ilación a la obra, se utiliza la figura de un narrador que cuenta resumidamente los fragmentos suprimidos, evitando de esta manera saltos en el vacío.  

La decoración no puede ser más sencilla: un telón de fondo que permite la proyección de sombras, de gran eficacia dramática, en escenas, como la del cementerio, con don Juan contemplando su propio entierro. Y a ambos lados del telón, colgando del mismo, dos sogas de ahorcado, que representan la muerte, elemento característico de la obra y del movimiento artístico donde se sitúa: el romanticismo.

Los demás elementos escenográficos (mesas, podios…), siempre a la misma altura y colocados de forma simétrica producen una sensación de equilibrio, que es la que corresponde a un espectáculo dramático de época, como el que hemos visto.  

Todas estas mimbres podían haber dado lugar a un montaje atractivo y digno; pero el desigual nivel interpretativo y, más en concreto,  la deficiente interpretación del personaje de Don Juan, lo tira todo por la borda; porque no puede llevar todo el peso de la obra un actor tan limitado en la dicción y en la modulación de voz, como apático en la actitud. Desde la primera escena, sosa y sin ritmo, a causa sobre todo de la escasa fuerza dramática del actor protagonista, hasta la última, en que rompe con la tensión inherente a la salvación de su alma, diciendo el texto con desgana, como si estuviera pensando en las sesiones que le quedan por representar, durante el día.  

Y es una pena, porque los demás actores rayan a gran altura, especialmente doña Inés, que es interpretada con extraordinaria convicción, modulando la voz, suspirando, moviéndose y gesticulando con naturalidad, por una actriz pletórica de recursos. También Ciutti, con una interpretación contenida, pero llena de matices, y Don Luis, jugando con los tonos de voz y apoyando sus palabras en gestos expresivos y naturales. 

El resultado de este desequilibrio en los niveles de interpretación son caídas frecuentes de ritmo; falta de pasión, en momentos que deben ser necesariamente apasionados; en definitiva, una pérdida de la cohesión y la credibilidad que todo montaje teatral ha de tener.         

LA NECESARIA ALFABETIZACIÓN DIGITAL

He recibido, a través del correo electrónico, la noticia de que varias organizaciones relacionadas con la industria audiovisual han elaborado un manifiesto reclamando la introducción de la asignatura Cultura Audiovisual en la ESO y Bachillerato. Argumentan estas organizaciones que los adolescentes, aunque consumen mucha televisión, Internet y videojuegos, tienen escasos conocimientos audiovisuales, como lo prueba el hecho de que “se pasan el día empleando aparatos y términos audiovisuales cuyo significado desconocen en muchos casos”. A esto hay que añadir las dificultades para distinguir lo que son contenidos adecuados y los que no, así como lo que es legal y lo que no.  

Esta noticia me ha recordado un artículo del ex Presidente de la Junta de Extremadura, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, en el que demandaba la incorporación de las nuevas tecnologías a la enseñanza; pero una incorporación real que no garantiza ser centro TIC, como lo somos nosotros; pues una cosa es disponer de un ordenador para cada dos alumnos y acceso a Internet, y otra distinta hacer un uso regular en el aula de éstas nuevas tecnologías, en lo cual tenemos mucho que ver los profesores.

Es verdad –y a más de uno nos ha ocurrido- que a veces llevamos preparada nuestra clase para que los alumnos trabajen una Web quest o consulten los periódicos digitales o ejecuten un juego didáctico sobre ortografía, y nos encontramos con el inconveniente de que no todos los ordenadores funcionan o no lo hacen al mismo ritmo, con lo que unos alumnos tardan 15 minutos más que otros en iniciar las actividades propuestas; pero no es menos verdad que los profesores del IES Gran Capitán estamos obligados a utilizar las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, porque nos comprometimos a ello en el proyecto que elaboramos por departamentos para solicitar convertirnos en centro TIC, y, lo más importante, porque vivimos en una sociedad en la que las nuevas tecnologías están produciendo una auténtica revolución. Pensemos, por ejemplo, que hace apenas 10 años no existían ni el buscador Google ni los SMS ni los blogs, tres herramientas, en especial las dos primeras, que hoy día consideramos indispensables.

En suma, si la mesa de la educación tiene cuatro patas, todas son indispensables para estar al día de los cambios que se están produciendo en la sociedad: la administración, proporcionando a los centros los recursos necesarios e introduciendo las modificaciones legales necesarias para facilitar la alfabetización digital de nuestro alumnado; los profesores, asumiendo nuestro compromiso de utilizar las nuevas tecnologías en nuestras clases –en este sentido, el elevado número de compañeros inscritos en el grupo de trabajo “Herramientas educativas Web 2.0” constituye un buen síntoma-; por supuesto el alumnado aprovechando el tiempo y contribuyendo con una buena actitud a la labor de sus profesores; y los padres y madres permitiendo a sus hijos un uso adecuado del ordenador y poniéndose ellos mismos al día, a través de las actividades y cursos que se organizan en el centro.

CLUB DE LECTURA DEL IES GRAN CAPITÁN

LEER ES COMPARTIR 

Ayer jueves, nos reunimos en la biblioteca del centro 25 personas, entre alumnos, profesores, padres y personal no docente, para hablar del libro “El niño con el pijama de rayas”.

Todos habíamos dialogado a solas con su autor, John Boyne, a pesar de que los lingüistas digan que la comunicación literaria es unidireccional. Pero necesitábamos compartir lo que habíamos leído; necesitábamos intercambiar nuestras impresiones sobre esta novela juvenil, que también puede ser leída por adultos. 

Superado el nerviosismo inicial, las intervenciones se sucedieron de forma fluida y espontánea. Coincidimos en que es un libro del que conviene no saber nada, antes de haberlo leído; en que su autor consigue crear la intriga mediante distintos y variados recursos (elipsis, ambigüedad de los personajes, capítulos inacabados…); en que la perspectiva desde la que el lector va descubriendo unos hechos tan dramáticos, como los ocurridos durante la Alemania nazi, es original y evoca nuestra infancia y el mundo de los cuentos… Disentimos –bendita disidencia- en la credibilidad o no de la historia; en la valoración de los personajes; en si nos parece justificable la actitud de Bruno de no reconocer su amistad con Shmuel; en el final: previsible para unos, demasiado dramático para otros…   

Pero las coincidencias y las disidencias nos enriquecieron a todos y demostraron que dialogar sobre lo leído nos abre nuevas perspectivas, nos ofrece significados en los que no habíamos caído, nos descubre matices insospechados, hace corpóreo, en fin, uno de los rasgos más característicos de la literatura: su plurisignificación, como consecuencia de la libertad de interpretación del lector. 

Larga vida al Club de Lectura del IES Gran Capitán. 

Próxima lectura, a sugerencia de Azahara, “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel. Nos vemos el viernes, 19 de diciembre, en la biblioteca. 

EL PODER DE SEDUCCIÓN DE LA PALABRA

Había oído decir que una de las virtudes de Barack Obama, futuro presidente de los Estados Unidos, es su capacidad de seducción a través de la palabra. Así que lo primero que hice, después de la larga madrugada electoral del pasado martes, fue buscar en el periódico del día siguiente el discurso que pronunció, ante 125.000 seguidores, nada más conocer su victoria. 

“¡Hola, Chicago!”, comenzó Obama, incluyendo en el nombre de esta ciudad norteamericana a todos los que le estaban escuchando (hombres y mujeres; blancos y negros; jóvenes y ancianos; ricos y pobres…), en un claro signo de unidad. A continuación, se dirigió a los que dudan de que todo es posible en los Estados Unidos; a los que se preguntan si el sueño de los que fundaron el país continúa vivo, para decirles que el triunfo de esa noche era la respuesta.  Después, un recuerdo al perdedor de las elecciones y el obligado agradecimiento a los que habían colaborado con en él en su campaña electoral, a los que él llama sus compañeros de viaje: el jefe de la campaña electoral, su mujer, su hijas; y sobre todo a los que habían hecho posible la victoria y que, en ese momento, le escuchaban.  

Pero el momento culminante y más emotivo de su discurso fue la historia de una mujer negra de 106 años, que votó en Atlanta y que había nacido sólo una generación después de la esclavitud, en una época en la que alguien como ella no podía votar por dos motivos: porque era mujer y por el color de su piel. El ejemplo de esa mujer, símbolo de la lucha por los derechos civiles, le valió a Obama para concluir su discurso reiterando un “Sí, podemos” frente a todos los obstáculos que se le han planteado, a lo largo de su historia, y se le pueden plantear, en un futuro, a los Estados Unidos de América; “sí, podemos” recuperar el sueño americano y reafirmar “que, aunque muchos, somos uno; y que, mientras respiremos, tenemos esperanza” 

Ante un discurso tan equilibrado y emotivo, además dicho con convicción y dominio de la imagen, es fácil entender el poder de seducción de este joven político, que ha despertado tantas expectativas; es fácil entender la capacidad de seducción de la palabra dicha en alto, que impone una tregua al combate de la vida.  

Os invito a que opinéis sobre Barack Obama: cómo habéis percibido desde aquí, a miles de kilómetros de distancia, al personaje; lo que puede representar su triunfo electoral no sólo para su país sino también para el resto del mundo. O si lo preferís podéis reflexionar sobre el poder de seducción de la palabra: si habéis conocido a personas dotadas de una especial habilidad para atraer la atención de aquellos que las escuchan. Seguro que, entre los profesores que os han dado clase, o entre vuestros familiares o amigos, hay alguien que destacaba o destaca por el buen uso de la palabra, por su facilidad para convencer.  

NOS OCUPAMOS DEL MAR

Hace unos días, escuchando el disco homenaje a Javier krahe, me llamó la atención la letra de una de las canciones “Nos ocupamos del mar. Como iba en el coche, haciendo el trayecto de mi casa al instituto, volví a escucharla, una y otra vez, recreándome en esa ocupación, en principio tan extraña; imaginando al hombre y la mujer tendidos uno junto al otro, después del trabajo diario. Me pareció y me parece el mejor canto a la igualdad entre mujeres y hombres.

Nos ocupamos del mar

y tenemos dividida la tarea.

Ella cuida de las olas

yo vigilo la marea.

Es cansado,

por eso, al llegar la noche,

ella descansa a mi lado,

mis ojos en su costado.  

También cuidamos la tierra

y también con el trabajo dividido.

Yo troncos, frutos y flores,

ella riega lo escondido.

Es cansado,

por eso, al llegar la noche,

ella descansa a mi lado.

Mis manos en su costado.  

Todas las cosas tratamos

cada uno, según es nuestro talante.

Yo lo que tiene importancia,

ella todo lo importante.

Es cansado,

por eso, al llegar la noche,

ella descansa a mi lado

y mi voz en su costado.  

                            Javier Krahe

 Ayer lunes, la escritora Almudena Grandes expresaba su profundo malestar por que sigan utilizándose crucifijos en los actos oficiales y por que el Tribunal Supremo haya eximido a la iglesia católica de borrar del Libro de Bautismo a los apóstatas, es decir, a los que han renunciado a su fe, con el absurdo argumento de que los bautizados no están ordenados  alfabéticamente.   

 

No le falta la razón a la escritora madrileña, pues un estado aconfesional, como el español, debe garantizar la libertad de conciencia  de sus ciudadanos. Y no lo hace cuando mantiene, por la fuerza de la tradición, el crucifijo, símbolo de la religión católica, por ejemplo, en el acto de nombramiento de ministros del reciente gobierno de Zapatero, máxime cuando la mayoría de éstos, por no decir todos, no juraron su cargo sino que lo prometieron.  

 

Pero menos respeto manifiesta el estado español hacia sus ciudadanos laicos cuando no obliga a la iglesia a borrar de sus archivos a los que libremente han renunciado a su fe. Es como si nos diéramos de baja en un sindicato o en un club y éste se negara a concedérnosla. Vamos, un sin sentido, aunque en el caso de la iglesia católica más bien es un privilegio que sigue gozando desde épocas pasadas, en que era obligatorio estar bautizado.   

 

 El pasado 6 de septiembre, el escritor argentino Tomás Eloy Martínez, publicó un artículo en el diario El País, donde denunciaba el acoso periodístico que estaban sufriendo Ingrid Betancourt y Clara Rojas, después de su liberación, tras seis años secuestradas por las FARC en la selva de Colombia. Ponía dos ejemplos de este acoso: el del periodista Larry King, conductor en la CNN de uno de los programas televisivos más influyentes de Estados Unidos, que preguntó a Ingrid Betancourt si la habían violado en la selva o había sido testigo de violaciones a otras mujeres cautivas; y el de un prestigioso profesional de Colombia, que, en su programa de radio, pidió a Clara Rojas que contara si había tratado de ahogar en un río de la selva a su hijo recién nacido. Es evidente que ambos periodistas buscaban saciar con sus preguntas la curiosidad morbosa de los espectadores y oyentes de sus programas, sin importarles demasiado la tortura psicológica que para ambas mujeres suponía recordar aspectos íntimos y desagradables de su cautiverio.

Desgraciadamente, estos dos profesionales no constituyen una excepción, pues el periodismo -la prensa escrita, la radio y, sobre todo la televisión- es cada vez más esclavo de su audiencia, y para conseguir aumentar ésta no repara en nada, incluyendo la intimidad de las personas. Se trata de convertir cualquier noticia en espectáculo, abordándola desde su lado más morboso.  La información se ha convertido en un espectáculo del que se puede sacar dinero y donde la verdad importa, pero sólo en la medida en que atraiga a los espectadores. Nada más hay que ver los telediarios de algunas televisiones para corroborar esto: la mayor parte de la información que se ofrece está relacionada con la violencia en sus diferentes facetas (guerras, maltratos, violaciones…). ¿Por qué? Porque está demostrado que un porcentaje de espectadores, cada vez más amplio, demanda este tipo de información. 

¿Qué pensáis de todo esto? ¿Es ético convertir a víctimas, como Ingrid o Clara, o como las del reciente accidente en el aeropuerto de Barajas en piezas de un espectáculo que se presenta como información? ¿Se puede violar la intimidad de las personas? ¿Vale todo en el periodismo? ¿Por qué somos tan morbosos?

LAS BENÉVOLAS

Max Aue, un oficial de las SS, cuenta en primera persona su experiencia, durante la Alemania nazi. Hasta ahora, la historia del genocidio judío nos la habían contado las víctimas: presos de los campos de concentración, como Primo Levi, que lograron sobrevivir; pero Jonatham Littell, en esta novela documentadísima, de cerca de 1000 páginas, se sitúa en el punto de vista de los verdugos. Y sorprende, desde el principio, la ausencia de arrepentimiento de este joven oficial, que hace las veces de narrador y que entiende su participación en la matanza de judíos como un trabajo que debía realizar por orden del führer, que encarna la voluntad del pueblo alemán. Así, cuando éste ordena acabar también con la vida de las mujeres y los niños judíos, Max Aue, como buen nacionalsocialista, está obligado a obedecer. Él mismo en sus reflexiones habla de tres formas de afrontar el exterminio, entre sus colegas de las SS: los que mataban por voluptuosidad, es decir, que se comportaban como criminales; los que lo hacían por deber, aunque les repugnara; y los que consideraban a los judíos como animales, a los que había que matar, como un carnicero degüella una vaca. Aue encaja en el segundo de estos modelos; pero su repugnancia ante las masacres es fundamentalmente estética: a su sensibilidad de hombre culto le hiere contemplar escenas extremadamente violentas, como la de un colega suyo, Turek, golpeando salvajemente, con el filo de una pala, la cabeza de un judío, hasta partirle el cráneo; aunque en realidad no hace nada por evitarlas. 

Al propio estado alemán le eran indiferentes las razones por las que sus servidores mataban a los judíos, a lo gitanos o a los rusos. Lo importante era llevar a cabo el exterminio en el menor tiempo posible y con la mayor eficacia. Esta forma de actuar fría y calculadora se refleja también en la descripción de las cámaras de gas y los hornos crematorios, donde mataban y se deshacían de los cadáveres de sus víctimas: “Allí tenemos –dice Höss, responsable del campo de concentración de Auschwitz- otros dos crematorios, pero mucho mayores: las cámaras de gas son subterráneas y caben hasta dos mil personas. Aquí las cámaras son más pequeñas y tenemos dos por Krema; resulta mucho más práctico para los convoyes pequeños.” 

En ocasiones, los lectores tenemos la impresión de que a Max Aue le mueve la compasión y el sentimiento de humanidad, como cuando se indigna por el trato que reciben los presos que trabajan en las fábricas, subalimentados, vestidos con harapos sucios en pleno invierno y golpeados brutalmente por cualquier motivo; pero no son razones humanitarias las que le impulsan a actuar de esta manera, sino mejorar el rendimiento, para que aumente la productividad; porque los presos no son considerados como personas, sino como una pieza más de la maquinaria, que hay que tener bien engrasada. 

A las atrocidades cometidas por los nazis, que nos contaba Primo Levi en “Si esto es un hombre”, se une ahora, en la novela de Littell, la frialdad con la que planificaban todo, que incrementa nuestra perplejidad e indignación y nos lleva a la convicción de que la guerra, cualquier guerra, parece limpia, en comparación con el exterminio de los judíos.  

Todo está contado, además, en un estilo sobrio, sencillo, casi lapidario: “Intenté rematar a los heridos. Saqué la pistola y me acerqué a un grupo; un hombre muy joven lanzaba berridos de dolor, le apunté con la pistola a la cabeza y apreté el gatillo, pero no salió el disparo; se me había olvidado quitar el seguro; lo quité y le metí una bala en la frente; dio un respingo y se cayó de repente. Para llegar a algunos heridos, había que pisar los cuerpos, que eran resbaladizos; la carne blanca y fofa se movía bajo las botas, los huesos se quebraban a traición y me hacía trastabillar, me hundía hasta los tobillos entre el barro y la sangre.”  

Paralelamente a esta bajada a los infiernos del nazismo, descubrimos la dolorosa vida personal del narrador, condicionada por una niñez traumática, abandonado por su padre y con unas relaciones incestuosas con su hermana gemela, Una, cortadas de raíz, que le obsesionan y le torturan psicológicamente. 

Las dos facetas de la vida de Max Aue, la personal y la social, se entremezclan, a lo largo de la novela, en un incesante juego de ida y vuelta, con extraños sueños donde aparece su amada Una, bañada en sus propios excrementos, como las mujeres evacuadas de Auschwitz, andando, con las piernas cubiertas de mierda, porque a las que paraban a defecar las ejecutaban en el acto; un juego de ida y vuelta, de lo personal a lo social y de lo social a lo personal,  que termina arrasando su pensamiento y el del propio lector.   

Pero, mientras avanzamos en la lectura, sumergidos en estos sueños, una pregunta viene continuamente a nuestra mente: ¿por qué mataban a los judíos? También el narrador se la plantea; pero no encuentra una sola respuesta, sino una gama de motivaciones: porque el führer lo había decidido así; por temor a la omnipotencia judía; por razones económicas… Al final, le reconforta asirse al tópico darwinista: “no es crueldad, es la ley de nuestra vida, somos más fuertes que los demás seres vivos y disponemos, según nos place, de su vida y de su muerte…, y es normal que, entre nosotros, nos comportemos de la misma forma, que todos y cada uno de los grupos humanos quieran exterminar a quienes le disputan la tierra, el agua, el aire. ¿Por qué, efectivamente, se le va a dar mejor trato a un judío que a una vaca o que a un bacilo de Koch, si es que está en nuestra mano? Y si el judío pudiera, haría lo mismo con nosotros, o con otros, para garantizar su propia vida, es la ley de todas las cosas, la guerra permanente de todos contra todos…” 

Si miramos a nuestro alrededor; si consideramos la política exterior de EEUU o la violencia ejercida por el estado de Israel contra el pueblo palestino, habría que llegar, aunque sólo sea por una vez,  a la misma conclusión que Max Aue: “las frágiles vallas que alzan los hombres para intentar regular la vida en común, leyes, justicia, moral, ética, importan poco…”     

“¿Por qué los islamistas no tienen que cargar con el peso de la identidad cultural y ellas, por el contrario, tienen que mostrarla como la prueba más rotunda de que esas culturas existen?” Con estas palabras la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, denunciaba hace unos días las restricciones que el Islam impone en la indumentaria de la mujer, al obligarlas a llevar el velo. De inmediato, los líderes islámicos le contestaron que las musulmanas visten pañuelo “porque les da la gana y no porque nadie las obligue. Y le pidieron que “no hable de lo que no sabe”. 

Muchas de las mujeres musulmanas, según los testimonios recogidos en un reportaje del diario El País (28-6-2008), declaran que lo llevan voluntariamente, aunque cabría preguntarse si les queda otra opción, es decir, si su familia les permitiría no llevarlo, en el que caso de que lo decidiesen así. Una de estas mujeres, Samah, casada con un clérigo de Hetbolá, da la siguiente explicación para llevar el chador, que la cubre de la cabeza a los pies: “Ellos son diferentes. Tienen ganas de sexo. Por eso, no hay que provocarles. Si una mujer va con escote y minifalda, ¿qué va a hacer el hombre? Pues violar a la primera que pille”. En cambio, Fadela Amara, declara: “Yo soy musulmana y considero el velo como un instrumento de opresión. Su historia está ligada no tanto al Islam, como a sociedades patriarcales”. 

Lo cierto es que el velo ha cobrado fuerza recientemente entre las mujeres musulmanas que viven en Europa. ¿Por qué? ¿Por razones, como las esgrimidas por Samah, de protección ante la incontrolable biología masculina? ¿Quizá como un símbolo de identidad ante la islamofobia occidental? 

En cualquier caso, cabe preguntarse si su uso, en los países democráticos, como España, debe ser permitido en las escuelas públicas o, por el contrario, las niñas musulmanas deben adaptarse a nuestras costumbres. Si partimos de la base de que el estado democrático es laico y, en consecuencia, independiente de las instituciones religiosas, la respuesta ha de ser necesariamente no, sobre todo, porque el uso del velo es un símbolo del Islam y la práctica de cualquier religión debe realizarse en el ámbito de lo privado, precisamente para garantizar la libertad religiosa. Claro, que esto implicaría también prohibir la exhibición de otros símbolos religiosos, como la cruz. 

En fin, el tema, como veis, se puede abordar desde distintos puntos de vista. De hecho, entre los países europeos no existe una postura común: unos, como Francia u Holanda tienen prohibido el uso de símbolos religiosos en las escuelas públicas; y otros, como España o Gran Bretaña tienen leyes más permisivas. Y a mí personalmente me ha parecido bien que la ministra Aído haya tenido la valentía de dar su opinión, pues no estamos acostumbrados a que los políticos digan lo que piensan, sino lo que les fija el partido en cuyas listas han sido elegidos.          

 

FARSA DEL MAESE PATELÍN

MONTAJE DE JOSÉ ANTONIO ORTIZ PONFERRADA

El género de la farsa, que surge en la Edad Media, cuando la gente se aburre del teatro religioso, se basa en situaciones en las que los personajes se comportan de un modo extravagante; pero esta extravagancia suele ir acompañada por el ingenio y la sutileza de los diálogos. A este modelo responde la “Farsa del Maese Patelín”, que vimos representada el pasado viernes, 14 de junio, en el Palacio de Viana. El argumento es muy simple: un abogado venido a menos se las ingenia para sobrevivir mediante engaños, hasta que alguien más listo acaba por engañarle a él.

José Antonio Ortiz Ponferrada, en esta adaptación libre de la obra anónima del Siglo XV, convierte a dos personajes masculinos en femeninos (el pañero Guillermo pasa a ser la vendedora Catalina, y el pastor Corderillo, la pastorcita Teodosia Borrega) aparentemente sin ninguna intención dramática,

La escenografía sencilla –seis columnas, una mesa de madera con sus banquetas, un carro de vendedora y un biombo- anuncia desde el principio que el montaje está orientado a la caracterización de los personajes. Además, permanece durante todo el tiempo, como en las representaciones profanas medievales, lo cual da un juego extraordinario, particularmente las columnas centrales, cuya posición retrasada con respecto a las otras cuatro deja un espacio que sirve de transición para las escenas. Como prácticamente toda la acción se desarrolla ante los ojos de los espectadores, los ágiles desplazamientos de los actores a través de este espacio central, así como los movimientos alrededor de las columnas, confieren el ritmo necesario al montaje, especialmente, en la primera parte, que es la más lograda.

Esta diferencia de ritmo entre la primera y la segunda parte tiene su reflejo en el nivel de interpretación. Brillan a gran altura: Ricardo Luna, con gran dominio de todos los recursos interpretativos: voz, gesticulación y movimiento -admirable la gradación en el proceso de locura que finge ante la vendedora- y Lua Santos, muy bien caracterizada en su papel de seria de la obra. También les da la réplica adecuada Pilar Nicolás, en su interpretación de esposa de Maese Patelín. En cambio, los personajes que se incorporan en la segunda parte de la obra hiperactúan en exceso, desde el primer momento que entran en escena, tanto que se convierten en una caricatura de sí mismos y pierden credibilidad, desvirtuándose, así, su aportación al conjunto de la obra. Por ejemplo, los gestos exagerados de la pastorcita para acentuar su condición de paleta, a veces, producen una impresión de saturación más que de comicidad. Igualmente, la excesiva caricaturización del juez obstaculiza los efectos cómicos del diálogo ingenioso entre Patelín y la vendedora, en el que ésta mezcla el paño con las ovejas.

En mi opinión, entre la extravagancia de las situaciones que presenta el texto de la “Farsa de Maese Patelín” y el ingenio y la sutilidad de sus diálogos debe existir un equilibrio, el cual consigue José Antonio Ortiz en la primera parte de su montaje, sin acentuar excesivamente ninguno de estos dos elementos. Sin embargo, la obra se descompensa en la segunda parte, probablemente, porque el propio texto da menos juego dramático, pues la inmovilidad de la acción, que se desarrolla en la sala de justicia, obliga a cargar las tintas en la caricaturización de los personajes.

Esto no invalida la impresión general favorable que causó la obra. De hecho, los más de cien espectadores, incluidos algunos alumnos del IES Gran Capitán, que asistimos a la representación de la “Farsa del Maese Patelín” pasamos un buen rato, nos reímos y nos fuimos con el mensaje, siempre actual, a pesar de los cinco siglos que han pasado, de que el engaño no conduce a nada, porque siempre habrá alguien, más listo que tú, que te devuelva a la cruda realidad.

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