lunes, noviembre 24, 2008

Ex somnium ad astra

En aquel ya histórico artículo, Miguel Alcubierre proponía la idea de diseñar una “burbuja warp”, una deformación del espacio-tiempo consistente nada menos que en plegar éste de manera que una hipotética nave espacial introducida en la burbuja vería cómo aquél se encogería por delante de la proa al mismo tiempo que se estiraría por detrás de la popa. Así, la nave alcanzaría su destino a la misma velocidad a la que tuviese lugar el plegamiento del espacio-tiempo. Y aquí es donde viene lo realmente novedoso del método propuesto por Alcubierre, pues resulta que la malla espacio-temporal, en teoría, puede deformarse a una velocidad arbitrariamente elevada. Dicho en otras palabras, no hay ningún impedimento en la teoría general de la relatividad para que se supere la velocidad de la luz en el vacío cuando es el propio espacio el que se “mueve”. De hecho, la nave espacial no se habrá movido “localmente” (dentro de su propia burbuja warp) a una velocidad hiperlumínica en ningún momento. Más aún, Alcubierre demostró que los pasajeros a bordo de la nave no sufrirían ni las terribles aceleraciones de los viajes “convencionales”, ni tampoco las consecuencias de la dilatación temporal consecuencia de las velocidades relativistas. Todo parecía ideal, se podría llegar a cualquier lugar del universo en un tiempo razonable y sin encontrarte a tu familia disfrutando de la pensión a tu vuelta. Sólo restaba poner manos a la obra y construir la burbuja.

Pero las dificultades surgen a la hora de determinar la cantidad de energía requerida en la deformación del espacio-tiempo. Tres años después de la aparición del artículo de Alcubierre, Michael J. Pfenning y Larry H. Ford publicaban en la misma revista unos resultados desoladores para todos los “trekkies” del mundo mundial. Se necesitaba más energía que la que había en todo el universo conocido. ¡Adiós al sueño de la Enterprise! Pero como todo podía ser peor, efectivamente lo fue. La energía necesaria debía ser NEGATIVA. ¿Qué, cómo, dónde, cuándo?

Pues sí, queridos lectores. Energía negativa a montones. ¿Qué era la energía negativa? ¿Existía semejante cosa? ¿Cómo se obtenía? ¿Había que buscarla en algún lado o simplemente había que sintetizarla de alguna manera? ¿Había existido alguna vez o todo era producto de unas ecuaciones que habían alcanzado su límite y ya no eran aplicables? Si, según la teoría de la relatividad, la energía y la masa son dos manifestaciones diferentes de una misma cosa y si la masa es responsable de la curvatura del espacio, ¿cómo se podía curvar al revés éste? ¿Existían las deformaciones negativas? Evidentemente, en el marco de la teoría general de la relatividad, la masa y, por ende, la energía negativa no tenían cabida.



Casi 50 años antes de que se propusiese el motor de curvatura, dos físicos holandeses, Hendrik Casimir y Dirk Polder, utilizaron la teoría cuántica para demostrar la existencia de la energía negativa. Predijeron que si se situaban dos placas metálicas, eléctricamente neutras, paralelas entre sí, aparecería una fuerza de atracción entre ellas que sería directamente proporcional a sus áreas superficiales e inversamente proporcional a la cuarta potencia de su separación. Sería una fuerza tan pequeña que tan sólo se manifestaría de forma apreciable cuando la separación entre las placas fuese muy pequeña. De hecho, si ésta fuese de una micra, la fuerza por unidad de área (presión) sobre las placas sería de una milésima de pascal, es decir, 100 millones de veces menor que la presión atmosférica. La aparición de esta fuerza atractiva misteriosa era una manifestación de las fluctuaciones cuánticas del vacío y podía interpretarse como debida a la existencia de una energía negativa en el espacio entre las placas metálicas. ¿Entendéis algo? Yo ni papa, sinceramente.

De todas maneras, ahí estaba la esperanza de nuevo para los conquistadores del cosmos. La energía negativa era real, no era un producto de ninguna imaginación calenturienta y la fuerza de Casimir había sido medida de forma precisa en el año 1997 por Steven Lamoreaux en el laboratorio nacional de Los Álamos, justo el mismo año de la publicación de Ford y Pfenning. Sin embargo, restaba la cuestión de la cantidad requerida. ¿De dónde sacar más energía que la disponible en el universo? ¿De otro universo? Algo había que hacer, y rápido, muy rápido, a velocidad warp.

En 1999, un tal Chris Van Den Broeck, entonces en la universidad católica de Leuven, en Bélgica, introdujo una variante en el método propuesto por Miguel Alcubierre cinco años antes. Se trataba de modificar ligeramente la geometría del espacio-tiempo utilizada por el físico mejicano, introduciendo dentro de la “burbuja warp” una especie de “bolsillo”. De alguna manera la corteza exterior de la burbuja se haría microscópicamente muy pequeña (del orden de las millonésimas de nanómetro), mientras que el volumen interior sería macroscópicamente grande (cientos de metros). Algo que solamente se podía lograr con materia exótica, esto es, otra vez la omnipresente energía negativa. Pero ¿cuál era la ventaja de esta nueva geometría? Pues, sencillamente, que los requerimientos energéticos para construir la burbuja capaz de albergar la nave espacial disminuían drásticamente en varios órdenes de magnitud. Ahora ya únicamente se requerían cantidades de energía negativa equivalentes a la masa de una estrella no demasiado diferente al Sol. ¿Estábamos más cerca de nuestro sueño de alcanzar las estrellas? Capitán Kirk, ¿me oye? Señor Spock, ¿le parece perfectamente lógico?



Desafortunadamente, no todo eran buenas noticias. Van Den Broeck también señalaba en su artículo varias dificultades que resultarían prácticamente insalvables para los ingenieros. Al parecer, si la burbuja warp se desplazase a mayor velocidad que la luz, su corteza exterior sería dejada atrás, parte de la materia exótica requerida no sería capaz de mantenerse unida al resto, con lo que el efecto warp desaparecería. Y más aún, la misma materia exótica se desplazaría con movimiento taquiónico, provocando la aparición de una singularidad desnuda en la parte frontal de la burbuja. Algo terrible, un horror, señor Sulu, oiga.

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martes, noviembre 18, 2008

Otras 100 kilovisitas

Las primeras 100.000 visitas tardaron en llegar 19 meses. Pero justo ayer el contador alcanzó las 200.000. Haciendo unos numerillos se llega enseguida a la conclusión que estas segundas 100 kilovisitas tan sólo se han demorado 10 meses, es decir, la mitad que las primeras. Además, el número de suscriptores ha crecido espectacularmente y ya pasa de 400 (en promedio).

Como siempre, todo gracias a vosotros.

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miércoles, noviembre 12, 2008

¡A velocidad warp y... más allá!

"El espacio, la última frontera. Estos son los viajes de la nave Enterprise en una misión que durará cinco años, dedicada a la exploración de mundos desconocidos, al descubrimiento de nuevas vidas, de nuevas civilizaciones... hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar."


¡Ay, qué recuerdos me trae esta frase! Sentado confortablemente en mi butaca, disfrutando de una Coca Cola bien fría una tarde de verano. De repente, el capitán Kirk se dirige al señor Sulu:

"Ahora, señor Sulu, poder impulsor"

¡Dios, qué sensación de velocidad! Allá iba a toda pastilla la nave Enterprise, rumbo a otra trepidante misión en los confines del universo conocido. En un abrir y cerrar de ojos, los protagonistas de Star Trek llegaban a su lugar de destino, dejaban atracada la nave y aparecían por arte de birlibirloque sobre la superficie de cualquier planeta inexplorado gracias al maravilloso transportador, impecablemente operado por el siempre eficiente señor Scott (Scotty para los amigos).

¿Cómo era posible tanta maravilla? ¿Qué era eso del “poder impulsor”? ¿Se trataba de la misma cosa que en otras ocasiones recibía el nombre de “velocidad warp”? ¿En qué consistía y de qué pasta estaba hecho? ¿Quién había sido el genio capaz de inventar algo semejante?

Cuenta la historia de la mítica serie que un tal Zefram Cochrane (2030-2117), a la tierna edad de 33 años terrestres, diseñó y construyó el motor warp, también conocido como motor de curvatura. Un ingenio capaz de llevar una nave espacial de un extremo del universo a otro a una velocidad prácticamente infinita o, dicho de otra manera, en un tiempo arbitrariamente pequeño. Desde ese mítico año de 2063, la historia de los viajes espaciales se vio cambiada para siempre, permitiendo el descubrimiento y posterior contacto con infinidad de razas extraterrestres.

Desafortunadamente, todos sabemos que el universo de Star Trek es puramente ficticio. Sin embargo, puede que el caso del motor de curvatura no sea una idea tan disparatada como parece. Es más, quizá se trate de uno de esos raros y peculiares ejemplos en que la ciencia ficción haya inspirado a los científicos reales.



Ya hace más de cien años que Albert Einstein propuso su teoría especial de la relatividad y diez menos que nos obsequió con su mayor legado: la teoría general de la relatividad. De entre las conclusiones que se pueden extraer de la primera, una resulta particularmente interesante y adecuada al tema que nos ocupa. Se trata de la imposibilidad de que un objeto con masa supere la velocidad de la luz en el vacío, es decir, unos 300.000 km/s aproximadamente. En cuanto a la segunda de las teorías, la relatividad general, establece (entre otras muchas cosas) que la materia es la causa de la deformación del espacio y también del tiempo, y estos dos conceptos están tan inextricablemente unidos para Einstein que suelen denominarse en conjunto y más adecuadamente espacio-tiempo. Todos los cuerpos que forman parte del Universo (gas, polvo, asteroides, planetas, estrellas, galaxias, etc.) se encuentran suspendidos en una especie de malla elástica que llamamos espacio, produciendo una deformación en aquélla tanto más grande cuanto mayor sea la masa del objeto que la provoca.

En la actualidad, se cree que nuestro universo se creó hace algo menos de 14.000 millones de años, durante una inmensa e inimaginable explosión, a partir de un punto primigenio de una densidad enorme y con una temperatura elevadísima, denominada Big Bang. Antes del Big Bang no existía nada (mejor dicho, sólo el punto del que se originó), ni siquiera el espacio o, más correctamente, el espacio-tiempo. Éste surgió con la misma explosión, expandiéndose sobre sí mismo y llevando toda la materia con él. Aún hoy continúa esta expansión y si miramos al cielo podemos ver a todas las galaxias alejándose de nosotros a unas velocidades tanto mayores cuanto mayores sean las distancias que de ellas nos separan.

Tan sólo 1000 billonésimas de billonésima de billonésima de segundo después del Big Bang, tuvo lugar un suceso muy extraño y fue que el espacio-tiempo que se estaba expandiendo justamente a partir de ese instante, lo hizo a una velocidad superior a la de la luz. Este lapso de tiempo se conoce como inflación cósmica y no se sabe a ciencia cierta cuánto tiempo duró.



Y tuvieron que transcurrir casi 14.000 millones de años desde que se produjo el nacimiento del Universo hasta que viniese al mundo un niño mexicano de nombre Miguel y de apellido Alcubierre. Este muchacho, como tantos otros en su época, estaba fascinado por la serie Star Trek. Pero Miguel Alcubierre decidió ir más allá que el resto de los admiradores del capitán Kirk. En 1990 decidió llevar a cabo sus estudios de doctorado en la universidad galesa de Cardiff. Cuando los concluyó, en el año 1994, escribió un artículo de cinco páginas que fue publicado en la revista Classical and Quantum Gravity. Su título lo decía todo: “The warp drive: hyperfast travel within general relativity” (para los hispanos, “El motor warp o de curvatura: viaje hiperveloz en el marco de la relatividad general”). ¡Zefram Cochrane existía!

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jueves, noviembre 06, 2008

Semana de la Ciencia y la Tecnología 2008

Un año más (y ya van ocho) se celebra la "Semana de la Ciencia y la Tecnología". En esta ocasión, entre los días 10 y 23 de noviembre (¿semanas de 14 días?). Esta será mi cuarta participación consecutiva, con la que pondré mi granito de arena en el castillo de la divulgación de esta ciencia fascinante que es la Física.

Y como cada año me quiero superar, no se me ha ocurrido otra cosa que estimular a los estudiantes de Bachiller que han tenido el acierto de elegir mi contribución entre sus intereses con ideas estupendas y maléficas para destruir todo el planeta Tierra. Sí, sí, he enloquecido y he preparado tres demoledoras conferencias bajo el título "La física del fin del mundo". El lugar será el edificio científico-tecnológico Severo Ochoa, sito en el campus de El Cristo de Oviedo. Allí, divagaré, analizaré y propondré métodos eficaces para volatilizar, desintegrar y vaporizar nuestro planeta o cualquier otro que se cruce en mi camino. Para ello, me ayudaré de películas memorables como The day the Earth caught fire, El núcleo, Superman, Star Wars, Waterworld, Armageddon, Sunshine, Experimento mortal, Independence day y alguna otra.

¡Será increíble! Ja, ja, ja, ja.... Ja, ja, ja, ja. ¡Temblad, terrícolas! Ja, ja, ja, ja... Ja, ja, ja, ja...

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jueves, octubre 30, 2008

Y dentro de 1.000 años, ¿sorbete de cerebro en el criorífico?

El término “cryonics” (criogenia para nosotros, los hispanos) fue acuñado por primera vez por un tal Karl Werner en 1965 cuando, en compañía de Curtis Henderson y Saul Kent, fundaron la Cryonics Society of New York. Pero el tema ya había adquirido gran popularidad a partir de 1964, fecha en que R.C.W. Ettinger había publicado el libro The prospect of immortality. Ettinger proponía que los cuerpos de personas recientemente fallecidas o, en su defecto, sus cabezas separadas del tronco fuesen congelados en nitrógeno líquido a -196 ºC con el sano propósito de conservar cerebros sanos hasta el momento en que la tecnología del futuro hubiese adquirido un nivel de desarrollo tan avanzado que permitiese devolverlos a la vida.

Así, siguiendo las directrices de Ettinger, la Cryonics Society of California comenzó a criogenizar seres humanos a finales de los años 1960, cuando el doctor James Bedford se convirtió en la primera persona en someterse al tratamiento. Una avería eléctrica les devolvió el calorcito corporal perdido a unos cuantos cadáveres en el año 1981. Mala propaganda para una empresa que se dedicaba a asuntos no demasiado bien vistos por una gran mayoría de la sociedad. Una cosa era leer relatos más o menos fantasiosos como “Who goes there?” del célebre John W. Campbell, escrito en 1938, en el que se hablaba de un alienígena devuelto a la vida tras ser encontrado congelado durante miles de años en el Polo Sur y otra muy diferente era ver la imagen de tu padre, madre, amigo o vecino bien fresquito mirándote a los ojos desde el más allá. Un inciso: posteriormente, el relato anterior sería adaptado al cine en El enigma… ¡de otro mundo! (The thing… from another world!, 1951) y, más de treinta años después, en un remake más que brillante titulado La cosa (The thing, 1982).

En 1972 se fundaron Trans Time, con sede en San Leandro, California y Alcor Life Extension en Scottsdale, Arizona. Ésta última es en la actualidad quizá la empresa más importante del mundo en el campo de la conservación criogénica de cadáveres; eso sí, al módico y popular precio de unos 150.000 dólares como mínimo por un cuerpo completito y “tan sólo” 80.000 dólares por un cerebro. A fecha de 30 de setiembre de 2008 Alcor contaba con 863 miembros y 84 pacientes en sus contenedores, a la espera de un mañana más prometedor. A veces me pregunto qué pasaría si en unos años esto se pusiera de moda y el número de pacientes comenzase a incrementarse de forma alarmante. ¿Dónde almacenar tantos cadáveres? ¿Qué hacer con ellos? ¿Se les podría sacar alguna utilidad? Una vez más, el mundo de la ciencia ficción ha propuesto respuestas a interrogantes como éstos. Así, Norman Spinrad, en Incordie a Jack Barron (Bug Jack Barron, 1969) utiliza la criogenia como medio de soborno y chantaje; Larry Niven, en The defenseless dead (1973) propone la idea de utilizar los restos de cadáveres criogenizados para obtener órganos de trasplante; Greg Bear, en Heads (1990) sugiere la posibilidad de extraer datos de los cerebros muertos antes de ser descongelados; por último, Charles Sheffield, en Tomorrow and tomorrow (1997) soluciona los problemas de espacio para el almacenamiento enviando los cuerpos nada menos que a Plutón. Me imagino que los viajes espaciales estarían baratitos en esa época.



Según la información que Alcor proporciona en su propia página web, la empresa sólo actúa sobre personas legalmente fallecidas, es decir, en las que se ha detenido su corazón, nunca sobre aquéllas en las que haya tenido lugar la muerte cerebral, ya que demostrar este hecho haría perder un tiempo precioso debido a la cantidad de técnicas y procesos que hay que llevar a cabo. Si un cerebro puede preservarse con su memoria y personalidad, cosa que está por demostrar, entonces devolver la salud a la persona congelada parece más un problema de ingeniería a largo plazo, siempre según opinión de Alcor.

Ahora bien, ¿sigue siendo la misma persona alguien que ha vuelto a la vida cientos de años después de fallecida? ¿Se mantienen sus recuerdos? ¿Tiene algo que ver la personalidad con estos recuerdos? ¿Dónde reside el “alma” del individuo, si es que existe? ¿Le importa algo de todo esto a la gente que decide someterse al tratamiento de preservación criogénica? Hasta hace bien poco se pensaba que la memoria a corto plazo depende de la actividad eléctrica cerebral. Por el contrario, la memoria a largo plazo está basada en cambios permanentes, tanto a nivel estructural como molecular dentro del cerebro. Sin embargo, recientemente un grupo de neurólogos, experimentando con ratas, ha conseguido eliminar recuerdos de hasta seis semanas inyectándoles en la parte del cerebro donde reside la memoria de los sabores un inhibidor de la proteína quinasa M zeta. Sus resultados aparecen publicados en el número 317 del pasado año 2007 de la revista Science. Por otro lado, en la publicación Annals of Neurology, se cuenta el caso opuesto al anterior. Al parecer, cuando se intentó reducir el apetito de una persona de 50 años de edad mediante estimulación cerebral de la zona del hipotálamo vinculada a la sensación de hambre, el individuo afirmó que había comenzado a recordar claramente sucesos acaecidos 30 años atrás. Así pues, estamos comenzando a aprender a manipular los recuerdos y quizá esto cambie para siempre nuestra forma de percibir conceptos como “personalidad”, “alma”, etc. Bien podríamos llegar a concluir que lo que hoy en día entendemos por muerte, mañana cambie por completo.

Pero volviendo al tema, ¿cómo se lleva a cabo el proceso de "criogenización" de una persona con los medios actuales? Justo antes de la década de 1990 se utilizaban sustancias crioprotectoras, digamos, modestas. Con ellas se consiguió que cerebros completos recuperasen brevemente actividad eléctrica normal después de permanecer congelados a -20 ºC durante cinco días. La sustancia crioprotectora en cuestión era el glicerol. Más tarde, en 1995, se logró preservar estructura cerebral a una temperatura tan baja como -90 ºC utilizando una solución concentrada, también de glicerol. Sin embargo, esta concentración no era posible incrementarla arbitrariamente, ya que entonces se volvía tóxica. A partir del año 2001, Alcor comenzó a sustituir el glicerol por otras sustancias capaces de provocar la “vitrificación” del cerebro completo y desde el año 2005 emplea el M22, mucho menos tóxico.



Una sustancia crioprotectora está constituida por moléculas pequeñas que penetran fácilmente en el interior de las células, reduciendo el punto de congelación del agua. Además del glicerol, otros crioprotectores son el etilenglicerol, el dimetil sulfóxido, la “carbonita” en la que queda criogenizado Han Solo en El imperio contraataca (Star Wars: Episode V- The empire strikes back, 1980) y el suero de súpersoldado del Capitán América, que le permitió sobrevivir durante años en un bloque de hielo, tras precipitarse al Ártico cuando, en compañía de su amigo Bucky, intentaba detener el lanzamiento de una bomba sobre Londres por parte del malvado agente nazi, el Barón Zemo I. Rescatado por los esquimales, fue adorado como un dios durante años, hasta que Namor arrojó el bloque a las aguas del océano, donde fue hallado por Los Vengadores, quienes lo reanimaron.

El crioprotector se introduce en el torrente sanguíneo, con lo cual llega a prácticamente todas las células del cuerpo. El proceso se lleva a cabo a 0 ºC durante horas, alcanzándose una concentración superior al 50%. La mayor dificultad reside en conseguir que la sustancia crioprotectora llegue lo más rápidamente posible a todas las células y tejidos antes de que tenga lugar la formación de cristales de hielo debido al descenso prolongado de la temperatura. Para lograrlo, el tiempo de difusión de los crioprotectores debe ser cuanto más pequeño mejor, por lo que el glicerol no es un candidato demasiado prometedor. Evidentemente, si el tamaño o extensión del tejido no es demasiado grande, el resultado será tanto mejor. Por ejemplo, en grupos de células de menos de 1 cm, los resultados son excelentes. En un órgano tan grande como un cerebro o incluso en un cuerpo humano completo, la cosa cambia por completo, no pudiendo predecirse con seguridad los efectos a largo plazo.

En todo lo anterior juega un papel decisivo el proceso de “vitrificación”. A medida que la temperatura del cuerpo que se pretende preservar se va reduciendo (recordad que se conservan en nitrógeno líquido a -196 ºC), ocurre la denominada transición vítrea, en la que el crioprotector aumenta drásticamente de viscosidad, transformándose en una especie de sustancia intermedia entre un sólido y un líquido, una especie de “sólido vidrioso o vítreo” en el que quedan bloqueadas todas las moléculas en sitios más o menos fijos. La vitrificación tiene lugar al utilizar una concentración de sustancia crioprotectora tan elevada que los cristales de hielo no llegan a formarse. Por debajo de la temperatura de transición vítrea, el movimiento de traslación molecular cesa y la química se detiene, en cierta manera. El reloj biológico se ha parado.



El proceso de vitrificación no presenta el problema del tamaño de las muestras criogenizadas, puede ocurrir a cualquier escala (se han logrado vitrificar riñones de conejo) y a cualquier ritmo de enfriamiento (células vivas a un ritmo de 20 ºC/min), pero siempre que se sustituya suficiente cantidad de agua de las células y tejidos por una cantidad equivalente de crioprotector. Con las técnicas disponibles en la actualidad, la vitrificación, seguida de un retorno del metabolismo normal, solamente se consigue en tejidos pequeños como pueden ser los vasos sanguíneos; en órganos grandes se acumulan efectos tóxicos que aún no están bien comprendidos. La vitrificación preserva la estructura del tejido, pero no la suficiente bioquímica como para devolverle su metabolismo normal.

Así y todo, con las enormes dificultades y numerosos interrogantes por contestar, algunas personas, con unos ciertos ahorros, siguen decidiendo someterse a la preservación criogénica y darse el último bañito en los fríos contenedores de Alcor Life Extension, en nuestro mundo real o acudir en nuestras peores pesadillas a L.E., tal y como hace el protagonista de la estupenda película de Alejandro Amenábar Abre los ojos; despertar al bueno de John Spartan 36 años después de ser criogenizado para acabar con el malvado Simon Phoenix en Demolition man (Demolition man, 1993); o tener una aventura con Mel Gibson en Eternamente joven (Forever young, 1992). Al fin y al cabo, ¿no resultaría mucho más económico quedar atrapado en un bloque de hielo, como el Capitán América, o la masa gelatinosa e informe de The blob (The blob, 1958, 1988), o la terrible criatura de El monstruo de tiempos remotos (The beast from 20.000 fathoms, 1953)?



Mientras todas las pegas anteriores no queden definitivamente resueltas, no nos quedará más remedio que seguir, o bien disfrutando del cine y la literatura de ciencia ficción, o bien confiar en las predicciones de K. Eric Drexler, Ralph Merkle y otros, quienes allá por 1987 especularon con la posibilidad de que el uso de la nanotecnología molecular (término sugerido por Richard Feynman en 1959) podría proporcionar medios para reparar y proteger los cuerpos de los riesgos potenciales durante los procesos de criogenización y posterior reanimación. Hasta entonces, permitidme que permanezca en una placentera animación suspendida…

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miércoles, octubre 29, 2008

Los blogs de mis estudiantes de FCF 2008-2009

Como ya hace casi un mes que he empezado a impartir la asignatura de "Física en la Ciencia Ficción" y dado que este curso les he propuesto de nuevo a mis estudiantes que alimenten un blog con sus ocurrencias y las friki-enseñanzas que cuento en el aula (eso sí, he introducido la variante de que "posteen" todas las semanas, para que no haya escaqueos ni disgustos de última hora, como el año pasado), aquí os dejo, tal y como les prometí, las direcciones de los susodichos blogs. Lo hago con placer y también con la segunda intención de que se avergüencen de sus enloquecidas ocurrencias. ¡Ánimo y suerte, chavalas y chavales!




http://astyld-fcf.blogspot.com/

http://fcc-tone.blogspot.com/

http://laverdadestaahifueraono.blogspot.com/

http://kern93stra.blogspot.com/

http://albertoparalosamigos.blogspot.com/

http://frotis-frotis.blogspot.com/

http://spayurmenland.blogspot.com/

http://lasombrademercurio.blogspot.com/

http://eugenioysujetodeprueba.blogspot.com/

http://gustavocienciaficcion.blogspot.com/

http://estaslosuficientementelocoparaentrar.blogspot.com/

http://frikisdelcine.blogspot.com/

http://ratasflotantes.blogspot.com/

http://hidalgoficifi.blogspot.com/

http://sebenwinds.blogspot.com/

http://lacuriosidadmatoalmono.blogspot.com/

http://hotorcate.blogspot.com/

http://shkimiskacf.blogspot.com/

http://rayodelamuerte.blogspot.com/

http://allendefcf.blogspot.com/

http://cazafallos.blogspot.com/

http://noespaisparaciencia.blogspot.com/

http://petezme.blogspot.com/

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martes, octubre 28, 2008

Crío-genia, que te sacaré... el calor del cuerpo

En el año 3978, el coronel Taylor y sus compañeros viajan a bordo de una nave espacial. Una avería les obliga a realizar un aterrizaje forzoso en un planeta “desconocido”. Debido al fenómeno de dilatación del tiempo, en la Tierra han transcurrido dos mil años, mientras que a bordo el lapso temporal tan sólo ha sido de unos meses. Cuando Taylor y otros dos miembros de la tripulación recuperan la consciencia, comprueban con horror que una de las cápsulas de animación suspendida ha sufrido un mal funcionamiento y su ocupante ha muerto.

La teniente Ripley, junto con el resto de la tripulación de la nave Nostromo duermen plácidamente el sueño espacial mientras regresan a la Tierra procedentes del planeta Thedus, cuando repentinamente son despertados por Madre, el computador de a bordo. Al parecer, ha detectado una señal de socorro alienígena.

En el año 2001, la nave Discovery, en rumbo hacia Júpiter, y tripulada por cinco miembros, dos de ellos despiertos y otros tres en estado de hibernación, comienza a experimentar inexplicables comportamientos de su inteligencia artificial, HAL 9000. Tomando una decisión por su cuenta, acaba con la vida de los tres expedicionarios hibernados, desconectando sus sistemas de soporte vital.

En el año 1984, el cometa Halley regresa a la Tierra. Pero esta vez, la humanidad está preparada. El módulo espacial Churchill se dirige a su encuentro en misión de exploración. Cuando todo parecía ir bien, descubren una extraña nave alienígena camuflada en la cola del cometa. Decididos a desvelar el misterio, unos pocos miembros son enviados a bordo, donde se encuentran con gigantescas criaturas con forma de murciélago y tres seres con apariencia humana en estado de animación suspendida.

En la madrugada del 1 de enero de 2000, el humilde y atontado repartidor de pizzas Philip J. Fry cae accidentalmente en una cápsula criogenizadora y despierta justo mil años en el futuro. Allí conoce a toda una serie de personajes estrambóticos y se enamora de una “hermosa” mutante ciclópea llamada Lila.

Estos cinco botones, correspondientes a El planeta de los simios (Planet of the apes, 1968), Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979), 2001: una odisea del espacio (2001: A space odissey, 1968), Lifeforce: fuerza vital (Lifeforce, 1985) y Futurama (Futurama, 1999), bien pueden servir como muestras al azar de uno de los tópicos más reflejados en el cine y la literatura de ciencia ficción. Me refiero en concreto al tema de la preservación criogénica y la animación suspendida.



Aunque suelen confundirse ambos términos, se trata, sin embargo, de dos conceptos diferentes. Así, la preservación criogénica se refiere a la congelación de un ser vivo cuando éste se encuentra a punto de morir (aunque esto es ilegal, actualmente, al menos con seres humanos, que yo sepa) o bien un tiempo después de muerto. El proceso tiene lugar a muy bajas temperaturas, con el propósito de conservar su cuerpo y con la esperanza de revivirlo en el futuro, cuando los medios científicos y tecnológicos lo permitan. En cambio, la animación suspendida es un fenómeno biológico mediante el cual un organismo vivo entra en una especie de estado de letargo o sueño donde la actividad metabólica se reduce de forma drástica (más o menos lo que le ocurría a “La bella durmiente”, en el inmortal cuento de Charles Perrault).
La idea de utilizar temperaturas muy bajas para preservar cuerpos de seres vivos o muertos, se remonta al parecer a más de 4500 años, cuando los antiguos egipcios usaban el frío para rebajar la inflamación y tratar heridas. Más recientemente, se especulaba en el siglo XVII con que la muerte del filósofo Francis Bacon había tenido lugar durante el transcurso de un experimento criogénico. En la actualidad, la animación suspendida se les induce a los pacientes para intervenirlos quirúrgicamente, reduciendo su temperatura corporal de 37 ºC a unos 22 ºC, con la consiguiente detención del flujo sanguíneo y el latido cardíaco.

De hecho, parece que la cosa funciona a la hora de despertar de nuevo a los seres previamente conservados criogénicamente. Al menos, en formas de vida no demasiado complejas. Se han encontrado tanto algas como bacterias en aguas saladas en la Antártida que han permanecido congeladas durante casi 3.000 años, o incluso más de 30.000 años en una especie de bacteria en Alaska. Bacterias y otros organismos pueden mantener sus funciones vitales a temperaturas tan bajas como -55 ºC. Se han descubierto microbios de millones de años criogénicamente preservados a casi cuatro kilómetros de profundidad, sepultados en el permafrost. Los óvulos femeninos y los espermatozoides masculinos, junto con embriones se conservan a bajísimas temperaturas de forma habitual, para poder ser utilizados tiempo después. Ciertas especies de peces poseen una sustancia natural anticongelante en su sangre que les permite sobrevivir a períodos más o menos largos de frío extremo. La función de esta sustancia no es otra que evitar la formación de cristales de hielo en las células de los tejidos del cuerpo del pez. Funciona de forma análoga a como lo hace el anticongelante que empleamos en los vehículos, es decir, disminuyendo el punto de fusión del agua para que se congele a una temperatura más baja de lo normal. Se cuenta que los percebes, esas criaturitas tan escurridizas que tienen la mala costumbre de vivir en las rocas poco accesibles y golpeadas por las olas del mar, pueden sobrevivir incluso a temperaturas de -18 ºC con más de un 80 % del agua de su cuerpo congelada.



Todo lo anterior está muy bien, pero los seres humanos no somos ni bacterias, ni microbios, ni peces, aunque sí podamos encontrar entre nosotros bastantes percebes. Así, pues, ¿resulta posible, por ejemplo, someter a una persona a un proceso de criogenia después de morir o inducirle un estado de animación suspendida, con el objeto de “resucitarla” en un futuro lejano, cuando las enfermedades han desaparecido por completo o cuando existe una cura para la causa de su muerte, en el primer caso, o con el propósito de enviarla al espacio en una misión de larga duración, en el segundo caso, para posteriormente reanimarla y restaurar sus funciones vitales normales?

Creo que las respuestas me las dejaré para mañana… o pasado mañana. Sí, eso haré. Ale, enseguida estoy de vuelta con todos vosotros.

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