Ex somnium ad astra
En aquel ya histórico artículo, Miguel Alcubierre proponía la idea de diseñar una “burbuja warp”, una deformación del espacio-tiempo consistente nada menos que en plegar éste de manera que una hipotética nave espacial introducida en la burbuja vería cómo aquél se encogería por delante de la proa al mismo tiempo que se estiraría por detrás de la popa. Así, la nave alcanzaría su destino a la misma velocidad a la que tuviese lugar el plegamiento del espacio-tiempo. Y aquí es donde viene lo realmente novedoso del método propuesto por Alcubierre, pues resulta que la malla espacio-temporal, en teoría, puede deformarse a una velocidad arbitrariamente elevada. Dicho en otras palabras, no hay ningún impedimento en la teoría general de la relatividad para que se supere la velocidad de la luz en el vacío cuando es el propio espacio el que se “mueve”. De hecho, la nave espacial no se habrá movido “localmente” (dentro de su propia burbuja warp) a una velocidad hiperlumínica en ningún momento. Más aún, Alcubierre demostró que los pasajeros a bordo de la nave no sufrirían ni las terribles aceleraciones de los viajes “convencionales”, ni tampoco las consecuencias de la dilatación temporal consecuencia de las velocidades relativistas. Todo parecía ideal, se podría llegar a cualquier lugar del universo en un tiempo razonable y sin encontrarte a tu familia disfrutando de la pensión a tu vuelta. Sólo restaba poner manos a la obra y construir la burbuja.Pero las dificultades surgen a la hora de determinar la cantidad de energía requerida en la deformación del espacio-tiempo. Tres años después de la aparición del artículo de Alcubierre, Michael J. Pfenning y Larry H. Ford publicaban en la misma revista unos resultados desoladores para todos los “trekkies” del mundo mundial. Se necesitaba más energía que la que había en todo el universo conocido. ¡Adiós al sueño de la Enterprise! Pero como todo podía ser peor, efectivamente lo fue. La energía necesaria debía ser NEGATIVA. ¿Qué, cómo, dónde, cuándo?
Pues sí, queridos lectores. Energía negativa a montones. ¿Qué era la energía negativa? ¿Existía semejante cosa? ¿Cómo se obtenía? ¿Había que buscarla en algún lado o simplemente había que sintetizarla de alguna manera? ¿Había existido alguna vez o todo era producto de unas ecuaciones que habían alcanzado su límite y ya no eran aplicables? Si, según la teoría de la relatividad, la energía y la masa son dos manifestaciones diferentes de una misma cosa y si la masa es responsable de la curvatura del espacio, ¿cómo se podía curvar al revés éste? ¿Existían las deformaciones negativas? Evidentemente, en el marco de la teoría general de la relatividad, la masa y, por ende, la energía negativa no tenían cabida.

Casi 50 años antes de que se propusiese el motor de curvatura, dos físicos holandeses, Hendrik Casimir y Dirk Polder, utilizaron la teoría cuántica para demostrar la existencia de la energía negativa. Predijeron que si se situaban dos placas metálicas, eléctricamente neutras, paralelas entre sí, aparecería una fuerza de atracción entre ellas que sería directamente proporcional a sus áreas superficiales e inversamente proporcional a la cuarta potencia de su separación. Sería una fuerza tan pequeña que tan sólo se manifestaría de forma apreciable cuando la separación entre las placas fuese muy pequeña. De hecho, si ésta fuese de una micra, la fuerza por unidad de área (presión) sobre las placas sería de una milésima de pascal, es decir, 100 millones de veces menor que la presión atmosférica. La aparición de esta fuerza atractiva misteriosa era una manifestación de las fluctuaciones cuánticas del vacío y podía interpretarse como debida a la existencia de una energía negativa en el espacio entre las placas metálicas. ¿Entendéis algo? Yo ni papa, sinceramente.
De todas maneras, ahí estaba la esperanza de nuevo para los conquistadores del cosmos. La energía negativa era real, no era un producto de ninguna imaginación calenturienta y la fuerza de Casimir había sido medida de forma precisa en el año 1997 por Steven Lamoreaux en el laboratorio nacional de Los Álamos, justo el mismo año de la publicación de Ford y Pfenning. Sin embargo, restaba la cuestión de la cantidad requerida. ¿De dónde sacar más energía que la disponible en el universo? ¿De otro universo? Algo había que hacer, y rápido, muy rápido, a velocidad warp.
En 1999, un tal Chris Van Den Broeck, entonces en la universidad católica de Leuven, en Bélgica, introdujo una variante en el método propuesto por Miguel Alcubierre cinco años antes. Se trataba de modificar ligeramente la geometría del espacio-tiempo utilizada por el físico mejicano, introduciendo dentro de la “burbuja warp” una especie de “bolsillo”. De alguna manera la corteza exterior de la burbuja se haría microscópicamente muy pequeña (del orden de las millonésimas de nanómetro), mientras que el volumen interior sería macroscópicamente grande (cientos de metros). Algo que solamente se podía lograr con materia exótica, esto es, otra vez la omnipresente energía negativa. Pero ¿cuál era la ventaja de esta nueva geometría? Pues, sencillamente, que los requerimientos energéticos para construir la burbuja capaz de albergar la nave espacial disminuían drásticamente en varios órdenes de magnitud. Ahora ya únicamente se requerían cantidades de energía negativa equivalentes a la masa de una estrella no demasiado diferente al Sol. ¿Estábamos más cerca de nuestro sueño de alcanzar las estrellas? Capitán Kirk, ¿me oye? Señor Spock, ¿le parece perfectamente lógico?

Desafortunadamente, no todo eran buenas noticias. Van Den Broeck también señalaba en su artículo varias dificultades que resultarían prácticamente insalvables para los ingenieros. Al parecer, si la burbuja warp se desplazase a mayor velocidad que la luz, su corteza exterior sería dejada atrás, parte de la materia exótica requerida no sería capaz de mantenerse unida al resto, con lo que el efecto warp desaparecería. Y más aún, la misma materia exótica se desplazaría con movimiento taquiónico, provocando la aparición de una singularidad desnuda en la parte frontal de la burbuja. Algo terrible, un horror, señor Sulu, oiga.
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