Middlemarch, una novela extraordinaria de George Eliot

En primer lugar, debo dar las gracias a los que amablemente se han interesado por mi ausencia de este blog. He tenido y tengo algunos problemas con el router y eso ha sido lo que fundamentalmente me ha impedido continuar, así como algunas incidencias personales del todo agradables.
Vuelvo con esta reseña de Middlemarch, una novela a la que llegué después de haber visto la serie de la BBC del mismo nombre, que como todas estas series de época tan bien saben hacer los británicos.
Finalmente, hace un par de meses, decidí hincarle el diente a la novela (y no fue una decisión fácil, ya que tiene más de mil páginas). Coincidió esta lectura con el final del trimestre escolar, lo que me llevó a hacer una lectura lenta de la obra, cosa que no es habitual en mí, que soy una devora-libros.
He disfrutado mucho de la lectura, ya que tenía en mente la dramatización que se había hecho para la tele. En una obra tan larga y tan compleja, en la que hay varias tramas argumentales, la multiplicidad de los personajes puede llegar a ser un problema abrumador.
Algunos consideran esta obra de George Eliot (esa gran escritora inglesa de corte liberal, cuya fructífera obra se publicó, como la de muchos de sus contemporáneos, por entregas), como una especie de culebrón decimonónico.
Considerarlo de este modo sería como considerar que los Dickens, Balzac o Pérez Galdós son olletineros y no verdaderos escritores. Sólo quien ignora los mecanismos de esta literatura por entregas puede considerar que tiene algo en común con los modernos seriales televisivos, tan ayunos de literatura como llenos de tópicos,
Middlemarch, terminada en 1871 (año en el que La Fontana de Oro de Pérez Galdós vio la luz), ha sido correctamente considerada por Virginia Woolf y por otros, como una obra maestra de la literatura inglesa y continúa siendo una novela de referencia actualmente. Penúltima de las obras de Eliot, muestra su madurez como escritora y constituye un análisis especialmente lúcido de la sociedad victoriana con todas sus contradicciones, sus miserias, sus anacronismos, sus luchas de clase y de género, su religiosidad y su moral.
Como obra compleja que es, discernir el tema resulta arduo. A través de las historias entrelazadas de Dorothea Brooke y de su hermana Celia, del tío de ambas, Arthur Brooke, un terrateniente insulso y sin sentido de la virtud, aunque cariñoso y atento con sus sobrinas, de Casaubon, con sus manías pseudo intelectuales, su egoísmo feroz, su hipócrita sentido de lo conveniente y del joven y enamorado Ladislaw entramos en la primera historia. Historia que podríamos conectar por sus ecos religiosos (o más bien de crítica de la religión), con otra de las obras de Eliot, Daniel Deronda.
En la intrincada red de las relaciones de los personajes que pueblan esta historia primera de Middlemarch vemos la inteligencia y ternura juveniles de Dorothea estrellarse contra la frialdad y estrechez de miras de su esposo, Casaubon, y vemos desarrollarse también la historia del amor romántico y puro de Ladilsaw por la esposa de su tío. Pero también se nos describen los intríngulis de la vida política del pueblo, las relaciones entre los habitantes de esos feudos ingleses tan peculiares y tan distintos de los nuestros, pero sin embargo, y en el fondo, tal como los describe Eliot, podemos tender una línea que nos lleva hasta esos mismos problemas y corrupciones que están tan presentes en Los pazos de Ulloa, de Pardo Bazán, en los que el caciquismo se equipara con esas elecciones que transcurren en aquel pueblecito imaginario de Inglaterra en el que Eliot coloca a sus personajes.
En esta, que llamaremos la primera historia de Middlemarch, tenemos pues bien desarrollados y tratados los temas de la política y sus corrupciones, de las clases sociales (o sus diferencias), y del amor, enfrentándose a las convenciones sociales, que ante todo ven el matrimonio como un negocio o un trato sociales entre iguales y no como una unión amorosa. Y no menos importante, Eliot desarrolla aquí el tema del género. Dorothea es una mujer educada, ambiciosa (en el sentido de que desea hacer uso de sus cualidades intelectuales y de sus ideas de reforma social), y que se ve completamente decepcionada, primero como esposa de Casaubon, al darse cuenta de que él no es el gran intelectual al que ella había ambicionado ayudar en su magna obra, sino un mediocre recopilador de citas ajenas, y que después, ya unida a Ladislaw, sólo podrá ver cumplidos sus deseos por su interpósita persona, conformándose así con un segundo plano muy modesto, oscuro y sin relieve y encontrando en ese ámbito, al parecer, la felicidad.
No estamos ante una obra irrealista, y el planteamiento de este fracaso vital de Dorothea no puede verse como un argumento de feminismo avant la lettre sino más bien como una descripción bastante ajustada a la realidad de la época. Dorothea misma no es un personaje totalmente positivo. Eliot nos la muestra extremadamente ingenua en sus suposiciones, muchas veces precipitadas, como en el juicio equivocado que hace sobre su primer marido, Casaubon, el incluso después, la vemos moverse en un terreno muy próximo al fanatismo religioso, en este caso protestante, que suele ser tan nocivo como el de esos personajes ultracatólicos galdosianos de La familia de León Roch, o de Doña Perfecta, pero Eliot no usa ni abusa, como Galdós en estas dos novelas, del personaje-arquetipo, ni de la tesis. Y por lo tanto, su obra resulta en su conjunto más convincente que la del canario, o si se quiere, más moderna.
La que llamaremos la segunda historia de Middlemarch, fue en realidad, la primera que ocupó a Eliot en los inicios de la escritura de esta novela. Aquí tenemos a Lydgate, un joven médico, miembro subalterno de una familia de la ’gentry’, es decir, de elevada posición, pero sin medios económicos propios, cuyo alto idealismo y merecimientos académicos son extraordinarios. Su ambición es llevar a cabo investigaciones pioneras en una ciudad pequeña, de provincia, que resulta ser Middlemarch.Tertius Lydgate quiere llevar allí la ciencia y el progreso en el ámbito de la sanidad publica. Desea promover los estudios de la medicina moderna. Tiene todas las cualidades, pero no tiene las posibilidades materiales para llevar a cabo su proyecto, y por ello necesita alianzas. Alianzas que, en lo económico, lo llevarán a unirse a un hombre cuyo oscuro pasado hasta el momento de la historia nadie conoce, pero que saldrán a la luz con toda su vileza y maldad y que hundirán a Lydgate, lo mismo que lo hará una decisión equivocada: un matrimonio, como en caso del de Dorothea, fallido. Una mujer que no le merece, una mujer hermosa, aparentemente buena, pero realmente considerablemente indigna, que jamás comprenderá sus ideales, que sólo deseará opulencia, lujo, todo aquello que Lydgate desprecia y que acabará por tener que darle. El fracaso de Lydgate es total. Los ideales que acariciaba serán completamente aplastados por la crudeza de la realidad que lo rodea y a la que él ha tenido que rendirse.
Finalmente, la historia de la familia Garth, una familia de gente honesta, trabajadora y verdaderamente moral, es la única que tiene un final feliz, ya que Fred Vincy, muchacho alocado y bueno para nada, acaba siendo un hombre honrado al hacerse merecedor del amor y la confianza de Mary Garth. De las tres, esta historia es la más pura, en el sentido de que en ella no toman parte otros elementos, aparte de los puramente referidos a los personajes que la viven. Es una historia no romántica, pero sí de amor. O sobre el poder que tiene el amor para redimir a quien verdaderamente ama, como es el caso de Fred Vincy.
En esta ciclópea novela, hay muchas más historias, la de los padres de Ladislaw, la de Featherstone, la del hipócrita Bullstrode y su amada esposa Harriet, etc.
Middlemarch es una obra mayor.
George Eliot, Middlemarch, ed. Random House-Mondadori, (Col. Clásicos de bolsillo), Barcelona, 2004.
El coronel Chabert, un hombre que murió dos veces

Balzac describió en esta nouvelle la tragedia de un hombre que tuvo que morir dos veces. Una, en Eylau, en una carga del victorioso ejército de Napoleón y otra en la época de la Restauración, cuando su esposa le niega y le pide que vuelva a desaparecer entre las sombras.
El coronel Jacint Chabert es uno de los héroes napoleónicos y es dado por muerto erróneamente en esa singular batalla. Herido en la cabeza y enterrado en una fosa común, sale de ella sin saber cómo, y tarda diez largos años en volver a París. Enfermo, depauperado y casi loco, Chabert envía cartas a su esposa, pero ésta ha contraído ventajoso matrimonio, ha multiplicado la herencia recibida tras la ’muerte’ de Chabert y no desea saber nada de éste.
Solamente un hombre es capaz de escuchar al muerto vivo: el procurador Derville. Ellos, hombres de honor, deben enfrentarse en desigual batalla contra la ambición, la avaricia y la frialdad de la condesa (primero condesa Chabert y después condesa Férraud), que con uñas y dientes, como una hiena, defenderá su matrimonio con su segundo esposo, que ansía el nombramiento de Par del reino en el nuevo régimen. Con él defiende su ascensión social, su familia y su estatus.
Ningún escritor ha tenido, como Balzac, la fuerza dramática para contar esta historia cortante como el filo de un sable. Batalla moral en la que Chabert triunfa a pesar de perderlo todo: amor, fama, razón, salud, posición, nombre.
La obra fue llevada al cine por Yves Angelo (fotografo de Tous les matins du monde), con Gérard Depardieu, Fanny Ardant, André Dussollier y Fabrice Luchini en los papeles principales (Francia ,1994). La peli cambia ligeramente el final de la nouvelle, concediendo a Chabert una justa revancha, orquestada por el procurador. Sin embargo, pienso que este final, en cierto modo más justo y más sentimental, quita fuerza y horror a lo que plantea Balzac en una obra en la que el tema es precisamente la radical injusticia de la vida y la terrible maldad de muchos seres humanos capaces de mezquindades y traiciones tan humanas como deplorables.
Chabert le dice a su esposa - a la que, sin embargo, ama-, en una escena clave de la novela: "Doy gracias al azar que nos ha separado".
August Strindberg escribió una vez que tras leer por diez años la obra de Balzac, salía convertido en otro hombre. No hay duda de ello. Balzac es una forma de vida.
"En estos momentos, corazón, fibras, nervios, fisonomía, alma y cuerpo, todo,hasta los poros, se estremecen. La vida parece no ser ya nuestra; se sale de nuestro ser, se comunica como un contagio y se transmite con la mirada, con el acento de la voz, con el gesto, imponiendo nuestra voluntad á los demás. El veterano se estremeció al oír aquella primera palabra, aquel primero, aquel terrible: «¡Señor!» Pero es que también dicha palabra encerraba un reproche, un ruego, un perdón, una esperanza, una desesperación, una interrogación, una respuesta."
Honoré de Balzac, El coronel Chabert, ed. Valdemar, Madrid, 1996. (Traducción de Mauro Fernández Alonso).
Philippe Claudel: Almas grises y La nieta del señor Linh

Llevo semanas queriendo ver la peli de Philippe Claudel, Hace mucho que te quiero, porque me interesa el cine francés y porque me gusta mucho Kristin Scott-Thomas, a pesar de que reconozco que no es una Duse, ni siquiera una Judi Dench. He visto otras cosas por puro azar, como Hellboy II, el ejército dorado (qué grande es Guillermo del Toro, y que universo el suyo tan lleno de barroca y tremenda belleza) y Dejad de quererme (un drama previsible pero no por ello menos atractivo). En fin, que no he podido ver la peli de Claudel, y en cambio, he leído dos de sus novelas. Y aquí es cuando la cosa se pone buena.
Comencé por La nieta del señor Linh porque es más breve, aunque es posterior a Almas grises. Se trata de una nouvelle cuyo terreno es la metáfora. No hay lugares concretos o más bien dicho, reconocibles o nombrados de los que proceden los personajes o a los que se dirigen, y en los que se asientan para después, morir. Pero podemos pensar que el señor Linh procede de aquel lugar llamado Indochina, que padeció bajo el colonialismo francés hasta que llego el otro gran Imperio y emprendió aquella guerra espantosa cuya memoria parece que yace en la zona cero del World Trade Center. Guerras injustas (si hubiera guerras justas) e ilegales, en las que el Imperio de vez en cuando se mete para sacar mucho dinero, sin importarle las víctimas. (Debo aclarar que este rollo no se deprende en absoluto del libro de Claudel: es enteramente de mi cosecha). Sigo: el anciano señor Linh puede que desembarque en Francia, aunque no sabemos muy bien dónde, entre otras cosas porque él no sabe dónde, donde está. Llega (adondequiera que sea), con su exigua carga: una nieta que es todo lo que le queda de su país. Niña callada y paciente, que nunca llora ni pide nada, pero que le acompaña en sus soledades, en su desconcierto.
Linh no entiende la lengua en la que le hablan los otros, no sabe dónde se encuentra ni qué hacer en ese sitio, excepto recordar. Su aislamiento no se ve paliado por el hecho de que convive con otras familias que proceden, como él, de ese territorio devastado que les ha obligado a huir. La soledad de Linh, la mudez de su pena sólo podrá ser comprendida o compartida por otro ser igualmente solo y aislado: un jubilado que ha perdido a sus esposa y que carece de un ancla en esta vida. Sin comprenderse lingüísticamente, Linh y Bark se hablan, se acompañan en el banco, en los paseos, en la taberna. Para ellos, el único asidero en este mundo es el otro, y el puente que une esas dos soledades es la niña: la nieta de Linh, a quien el señor Bark ha traído un regalo: un lindo vestidito, como de fiesta.
La nouvelle, como todas las obras delicadas y hermosas ( y tristes), dice mucho más que lo que escrito por Claudel. El discurso no contiene todo lo que dice el autor. Va mucho más allá. La nieta del señor Linh es una miniatura delicada y trémula, emocionante. Lo que una vez fue fuerza es hoy vulnerabilidad y sin embargo alguien, algún día, inesperadamente, puede ser que entienda lo que se oculta en ese reducto del ser que es lo más íntimo nuestro y que no puede ser dicho nunca, a nadie: lo perdido. El silencio de la pequeña es una metáfora de eso que se fue, quién sabe cuándo ni cómo, dejándonos con la vida que nos queda después del naufragio.
Premio Renaudot, Finalista del premio de los Libreros franceses y de la revista Lire en 2003, Almas grises es más compleja estructuralmente, que La nieta..., pero su tema es similar: trata de lo perdido. Y la muerte, también, es una omnipresencia. El narrador es un participante: un policía que nos narrará (aparentemente), un ’caso’ mal resuelto o no resuelto: el del asesinato de una hermosa niña de 10 años en un pueblo de la provincia francesa, en tiempos de la Primera Guerra Mundial.
La atmósfera del libro me recuerda poderosamente las películas de Chabrol. Estamos en esa provincia francesa, aparentemente segura y confiada, aparentemente sana y respetable, en la que lo más espantoso crece, larvado, a la vista de todos, pero oculto a la vez, hasta que estalla.
La delicadeza del trazo de Claudel persiste. Pero hay aquí algo muy venenoso, muy perverso, a la vez que sutil. La malicia. La soledad de la joven y hermosa maestra, enamorada de un muchacho que está en el frente y la soledad del viudo que accede a alquilarle aquella casita...
Los personajes, con sus meandros interiores y sus tristezas, con sus melancólicos silencios, me retrotraen (es le problema de ser tan vieja, que una cosa te lleva a otra), a aquella Mouchette del gran Bresson que ahora han reeditado en DVD y que es tan hermosa como terrible). Esa atmósfera, también terrible de la novela de Claudel, trasciende lo policial del ’caso’, y también lo psicológico, para llevarnos a dar un paseo por las almas. En efecto: almas grises, tristes, sucias a veces, de los habitantes del pueblo francés que sirve de escenario (en el sentido francés del término -el guión- y en el sentido español de la palabra), y nos inunda de melancolía, a la vez que concebimos su historia como posible, como verosímil, como real. Qué terrible carga la nuestra: lo humano, qué cosa insondable y dolorosa.
Philippe Claudel, La nieta del Señor Linh, ed. Salamandra, Barcelona, 2008 (7ª ed.), Traducción de José Antonio Soriano Marco.
Almas Grises, ed. Salamandra, Barcelona, 2005 (traducción de José Antonio Soriano Marco.
Mal de escuela, de Daniel Pennac

Hace unos días, mientras iba a la panadería, me crucé con tres cicistas. Uno de ellos se detuvo y pude reconocer a un ex-alumno, Nos saludamos y al detenerse también el padre y el hermano, fui presentada con estas palabras: " Es Gabriela, mi antigua profesora de castellano". El padre me dio la mano mientras me decía -¡Muchas felicidades! Le pregunté ¿Por qué, felicidades? --Porque, a pesar de que le hizo usted trabajar mucho, mi hijo la tiene en un gran concepto.
Tener en gran concepto al otro: los profesores a alumnos; los alumnos a profesores. Saber que quien te enseña está de tu lado, "aunque te haga trabajar mucho". Qué alegrías da esta profesión. No cambiaría estas alegrías por todo el oro del mundo.
El libro de Pennac nos habla de esto: de la alegría de enseñar y de aprender. De salir del pozo, de ser rescatado de la nada por alguien, en un momento dado. De que alguien rescata al que todos parecen condenar. Hay una evolución, hay un cambio, hay una salida, hay un disfrute. Más allá de los obstáculos, de los problemas, de los dolores, de las luchas contra la ignorancia o contra la propia torpeza hay un lugar donde misteriosamente, el milagro ocurre. Y es este milagro el que nos relata Pennac, a veces en primera persona (él fue uno de los "salvados"), otras en tercera.
¿Y cuál es el secreto de esta profesión? Mirar. Mirar a los ojos del otro, saber ver la persona, no el estereotipo, no la máscara. Saber mirar y estirar la mano. Hablar mirando a los ojos. Exigir, entonces. Sacar del pozo. Finalmente, amar. De una manera no sentimentaloide, sino de verdad. Ser feliz en ese trabajo. Comprender su incomparable nobleza. Estar orgulloso/a, de mí, de ti, de mis chicos, de mis chicas. Yo ilumino sus vidas con el conocimiento, con el placer de aprender: pero ellos también iluminan la mía. Estamos en paz: nos lo debemos todo.
Es el mensaje de Pennac. Optimista, realista. El de uno que está en el ajo. Qué cansada estaba de oír, leer y ver tantas opiniones de gente que nada tiene que ver con la escuela. Gracias, Pennac, no das lecciones. Cada uno sabe su cuento. Gracias por contarme el tuyo. Yo también creo en esto. Y mis chicos/as me lo confirman: esto funciona si uno quiere que funcione. Estamos en el mismo barco. Y hay mar, y hay puerto, aunque tengamos que atravesar las tempestades.
Daniel Pennac, Mal de escuela, Mondadori, Barcelona, 2008 (Traducción de Manuel Serrat Crespo). Premio Renaudot (Francia), 2007.
Boutès, de Pascal Quignard

El último libro de Quignard, Boutès, me ha llegado por correo hace unas dos semanas. Desde entonces, entro y salgo de sus páginas. Estoy dentro y fuera. Me aíslo en él y en él, nado. Me zambullo, como el protagonista, en su mar.
El último libro de Quignard tiene su origen en un libro muy anterior, Terraza en Roma (Terrasse à Rome), reeditado recientemente en español por Espasa-Calpe (2008, aunque originalmente salió en Gallimard, 2000). Aquí leemos: Aristóteles de Estagira: ’ Al igual que el nadador que se zambulle desde lo alto de una roca no puede dener su impulso antes de hundirse en el agua, el hombre iracundo no puede detener su furia’. ( p. 79).
Boutès trata de la música y de un hombre que se zambulle, sin temor, para escuchar la música prohibida de las sirenas. Boutès (o Butes, según lo llaman en español), es el argonauta que salta del barco en busca de esos sonidos que llevan a la muerte. De esa música pre-civilizada emitida por los seres con cabeza de pájaro y senos de mujer, para luchar contra los cuales, Ulises se hace atar al mástil. Boutès es el poeta, es el impulsivo, es el que se zambulle para morir, ahogado en la espuma de Afrodita.
Anecdóticamente, el libro cuenta, entre otras muchas historias la de Orfeo, quien toca su música para acallar la de las Sirenas y así escapar de su fantasmagórico hechizo, de su condena a muerte. De entre todos los remeros sólo Boutès, desoye a Orfeo y se lanza en busca de esa música sirenaria, sin importarle la muerte que le espera. Pero el libro también cuenta historias antiguas de Alcibiades, de Catón, de Apolonio de Rodas, de Safo, de Licofrón, de Séneca... Y al final, una pequeña, delicada confesión biográfica. Aunque toda la obra de Quignard no es más que esa música antigua y esa lengua antigua, aprendidas preconscientemente de los antepasados músicos, de los antepasados filólogos.
Como siempre en Quignard, es el lenguaje el que nos lleva a ese mundo sonoro, musical, lírico y al mismo tiempo espantoso y apocalíptico que es el dominio de lo prelinguístico. Misterio y sombra de lo que tal vez somos pero no conoceremos porque no tenemos las palabras para decirlo. Pero tenemos el ritmo y en él no nos dormimos:vivimos y soñamos, aprendemos, valsamos. Nadamos, nos zambullimos, dejamos de ser, por un momento, nos elevamos.
No sé cuándo será posible leer este libro hermoso y terrible de Quignard en español. Yo me adentro en sus páginas armada de todos mis instrumentos y antenas. Yo también, como Boutès, me zambullo. Al leer una y otra vez cómo salta Boutès del barco, salto también, con él, como el nadador de Paestum. Me tiro sobre la tierra vacía como el hombre muerto de Lascaux, me adentro en el vacío que me separa del agua que me lleva a las sirenas con los clavadistas de la Quebrada.
Y una vez más me dejo llevar por el subir y bajar de las olas del ritmo de esta prosa que amo por encima de cualquier otra. Asciendo y desciendo. Me empapo de sus riitmos, a ratos lacónico:
* "¿Qué tiene el valor de entregarse totalmente al mundo de la tristeza? La música". (p.20).
* "¿Qué es la música? La danza.
O ¿qué es la danza? El deseo de elevarse de una manera inaprensible.
Me acerco al secreto.
¿Qué es la música originaria? El deseo de tirarse al agua." (p.26).
* "Qué alma no vuela en pleno día? ¿Quién está muerto?¿Quién come? ¿Quién canta? ¿Quién es el invitado en este mundo? ¿Quién acoge? Quién parte?" (p. 44).
A ratos desbocado, imparable, Quignard inunda de palabras esta silenciosa lectura. Llama a mis sentidos y a mis recuerdos prenatales, prelingüísticos, musicales, abismales, acuáticos y sombríos.
"La musique commence par murmurer à la oreille de celui qui l’aime et qui s’approche du chant qui l’enveloppe, où il consent à perdre son identité et son langage: Souvenez-vous, un jour, jadis, on a perdu ce qu’on aimait. Souvenez-vous qu’un jour vous avez tout perdu de tout ce qui était aimé. Souvenez-vous qu’il est infiniment triste de perdre ce qu’on aime". (p. 79).
El libro está primorosamente editado.

Pascal Quignard, Boutès, Galilée, Paris, 2008. 88 p.
(La traducción de estos fragmentos es mía). La imagen es la del ’Nadador’ de Paestum.
Homenaje a Alejandro Aura

Sueño

Anoche soñé que estaba atrapada en la fuente de Diana Cazadora (que está en la ciudad de México, mi ciudad). No llegó a ser un sueño angustioso pero sí fue kafkiano.
Se aceptan interpretaciones.
:-)
El amante del volcán, de Susan Sontag
Cuando yo era una adolescente sesentayochera, admiré profundamente a Susan Sontag. Hoy, varias décadas después, me gusta redescubrirla y me complace observar que la Sontag merecía ser uno de mis iconos.
Cuando un libro como éste cae en mis manos, pienso en la verdadera esencia de la literatura. Lenguaje y Pensamiento, pero también Pasión, Belleza. La emoción no es más que un derivado. Esto es lo que produce un libro como éste.
La historia de Emma Hamilton y de Lord Nelson es, como toda historia amorosa, un lugar común de sentimientos, encuentros y desencuentros, separaciones y dolor. La muerte de uno de los amantes y la decadencia del superviviente pueden estar hundidos en la vulgaridad más absoluta o ser elevados a las alturas de, digamos, un Romeo y Julieta shakespiriano. En realidad la historia, la formulación narrativa pueden llegar a ser perfectamente irrelevantes. Lo que eleva todo esto es el estilo y el estilo es, señores y señoras, una cosa que uno no sabría definir pero que sabe percibir perfectamente.
En la historia de Emma y Nelson hay otros personajes. Y éstos han sido casi siempre secundarios: Sir William Hamilton, que en la novela de Sontag es llamado El Cavaliere, Charles, su sobrino y primer amor de Emma. Catherine, la primera esposa del Cavaliere o Frances, la esposa de Nelson. Pero también el rey la reina de Nápoles, Tolo, el guía que acompaña a Hamilton en sus ascensiones al Vesubio, o Jack, el mono que adopta el coleccionista.
Sontag divide su libro en cuatro partes, en las que el personaje principal, a pesar de todo, es el Cavaliere, y en el que el paisaje principal es, sin duda, el Vesubio.
En la primera parte, El Cavaliere y Catherine (su primera esposa), presiden la acción y la emoción: un amor no dicho, silenciado (casi diría secreto), precisamente porque es un amor conyugal (¡y entre dos ingleses!), interrumpido inoportunamente por la muerte de la dama. El Cavaliere conoce entonces el amargo sabor de una soledad antes anhelada y ahora temida. Catherine habría conocido la ternura y la admiración gracias a otro de los sobrinos de él: William Beckford, un homosexual que cae fascinado a los pies de la mujer madura, de la extraordinaria compositora y ejecutante, de la sensible madonna de 42 años. El muchacho vuelve a Inglaterra (¿He dicho ya que toda la historia inicial transcurre en Nápoles, donde Hamilton es embajador de su Graciosa Majestad Jorge III? No, no lo he dicho, pensando que todos los que me leéis habéis visto la película de Vivien Leigh y Laurence Olivier y estáis en antecedentes de la historia: perdonadme).
Toda esta primera parte de la obra de Sontag es indispensable y es profunda y es poco narrativa y muy psicológica y descriptiva. En suma: es pura literatura, puro lenguaje y pensamiento. Una parte que me ha llenado de satisfacción. El Cavaliere es un coleccionista de arte: ésa es su pasión; sus colecciones y la belleza de sus objetos llenan su vida y llenan las páginas de Sontag. Una narradora visible, que comenta desde su momento histórico los avatares de la vida de este hombre, explorador, coleccionista, científico... tan alejado del Nueva York de Sontag de finales del siglo XX, y sin embargo, elegido por ella como sujeto de su propia exploración por quién sabe qué mecanismos. El primer libro termina cuando El Cavaliere, tras largos años de soledad y viudez, recibe en su casa a la antigua amante de su sobrino Charles: Emma. la belleza de 21 años que va a cambiar su vida (y la de Nelson, más adelante).
El proceso de aprendizaje de Emma en Nápoles, al lado del Cavaliere, conmueve y emociona. Es la historia mil veces repetida de Pigmalión y Galatea, pero ella es entusiasta: no lo hace por obligación. Emma amará a William y querrá agradarlo, sí, pero sentirá sinceramente que ama el saber, las lenguas que aprenderá, los cantos, la música, la danza, la literatura, la poesía....
En la segunda parte de la obra asistimos al encuentro de los tres personajes: el Cavaliere, Emma y Nelson. Impresionado por su belleza, y tras varios encuentros y habiendo pasado bastantes años desde el primero, el almirante se enamora de la bella, no tanto por su belleza como por su ternura, al mismo tiempo que se siente muy ligado al Cavaliere. Los tres forman una alianza feliz, un trío de personas excepcionalmente unidas por la admiración y el afecto. En esta segunda parte Sontag, sin soltar el discurso reflexivo sobre la naturaleza del coleccionista : el Cavaliere colecciona obras de arte, incluida Emma; Emma colecciona cualidades y conocimientos, ya que su humilde origen y escasa instrucción la llevan a desear la sabiduría y Nelson, glorias y heroicidades). Es una historia extraña, el gran escándalo del XVIII. Una historia de amor y también de lealtad (ya que no de fidelidad) entre tres seres excepcionales.
Pero también se nos cuenta la historia del siglo XVIII, de la Revolución Francesa y de su influencia sobre la política mediterránea y más concretamente, sobre el papel que Nápoles jugó en esa guerra; trata sobre Napoleón y Nelson, sobre Francia e Inglaterra luchando por el predominio marítimo y político. Un siglo tan rico en acontecimientos como extraño, contradictorio, cuna de nuestra modernidad.
La tercera y cuarta parte vienen narradas por los propios protagonistas en primera persona: el Cavaliere y Catherine, la madre de Emma, la propia Emma y la revolucionaria napolitana Eleonora Fonseca.
El cambiante punto de vista sobre las cosas, sobre los hechos, agrega una riqueza al relato que al fin queda convertido en un estroboscopio.
La sociedad nunca estuvo a la altura de esta historia ni de estos personajes. Todo amor es un insulto para ella, y éste no fue una excepción.
La belleza, la inteligencia, el valor, la erudición, la cultura: los tres protagonistas reunían todas estas cualidades. Cuando Hamilton murió, Emma tenía a Nelson. Pero cuando Nelson murió, Emma quedó a merced de un destino de decadencia, alcohol, pobreza y olvido. Y sin embargo, el legado es grande. La obra pictórica inspirada por ella, la literatura generada...No, no fue en vano. Esta mujer, nos dice Sontag, no sólo se limitó a sacar partido de su belleza, también aprendió, fue inteligente, participó en política, creó sus cuadros dramáticos (sus "Actitudes"). No sólo fue una modelo excepcional, fue una coautora de sus representaciones. Y fue cálida, cariñosa, amorosa y leal.
Sontag no degrada la historia al puro romanticismo, no. La enuncia en toda su complejidad y riqueza. La sitúa en el momento histórico, en el lugar. El Vesubio, que preside toda la primera parte es una metáfora que trasciende toda la novela y la recorre: el volcán que arroja fuego y lava tras extraños periodos de aparente serenidad. La belleza del lenguaje o la crudeza. Sontag está allí y no se oculta. Investiga y muestra todo el terror de la revolución en Nápoles y todo el terror de la represión de esa revolución, así como el papel que en ella tuvieron la reina, Nelson, Hamilton y Emma.
Del mismo modo que me gustan las películas lentas, debo admitir que me gustan también estas historias con muchas facetas, con misterios que se desvelan muy lentamente, con personajes que no entregan del todo sus secretos, con narradores que van y vienen, atentos a su quehacer, descorriendo el velo poquito a poco, apenas, atendiendo cuidadosamente a las palabras, pero sin descuidar los ademanes, a veces muy reservados, de los personajes, ahí, en el escenario. Entonces yo me dejo llevar, yo salgo de mí tal como dice Quignard: abandono mi cuerpo y mi tiempo y mi circunstancia, y me introduzco, fascinada, en el libro.
Además, la edición es realmente bonita para lo que estamos acostumbrados en libros de bolsillo, con bellas ilustraciones y tapas y contratapas doradas.
Susan Sontag, El amante del volcán, ed. Punto de lectura-Biblioteca de Bolsillo, 2000 (traducción de Marta Pesarrodona).
Aunque completamente distinta de esta novela, la película de Alexander Korda, "That Hamilton woman", con Vivien Leigh y Laurence Olivier, es muy recomendable. Ella está maravillosa.
Un hombre en la oscuridad, de Paul Auster

El 2 de septiembre, primer día de su distribución, recogí en mi librería (Celler de Llibres), mi ejemplar de la última novela de Paul Auster. Desafortunadamente, esta vez me parece que el neoyorquino no ha conseguido trascender las palabras para crear un mundo (o dos, ya que son dos las historias que se nos cuentan).
Ya nos había dejado una vez una historia abandonada y a su personaje encerrado en un bunker (en Brooklyn Follies), y con esa misma frivolidad, el soñador de historias de Un hombre en la oscuridad abandona a su suerte a Brick. Eso no está bien. Los personajes no son muñecos que sin más ni más se abandonan cuando al novelista o al soñador les da la gana. Eso sólo puede hacerse si uno no cree en su fábula, y si uno no cree en su fábula ¿para que plasmarla? ¿para que escribir? Eso es jugar con el lector de mala manera y el lector (o en este caso, la lectora), se cabrea. No vengas a mí inventando una historia sin consecuencias: no tengo tiempo para esto. Si quieres que me entregue a tu literatura, chaval, empéñate hasta el fondo en ella, pero no me marees con jueguecitos que no van más allá de una historieta prescindible que además se acaba cuando te aburres, sin razón y sin sentimiento.
Finalmente, la historia ’marco’, por así decirlo, es decir, la historia del soñador-creador de la historia burdamente conclusa de Brick, es vulgar y corriente. No toco carne alguna aquí, no late ningún corazón por ningún lado: no me viven entre los brazos ni August, ni Sonia, ni Katya, ni Miriam.
Me sabe mal decirlo, pero creo que Auster no debió dar esta novela a la imprenta. Simplemente, no vale lo que cuesta.
Paul Auster, Un hombre en la oscuridad, ed. Anagrama, Barcelona, 2008. (Traducción de Benito Gómez Ibáñez).













































































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