Cúpulas, vacunas y dilemas

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Más de una vez he mantenido conversaciones con los compañeros en torno a la validez didáctica de los dilemas morales. Están los que piensan que recogen de una forma global rasgos importantes de la vida moral, y los consideran indispensables en la enseñanza de la ética. Otros, estiman que se trata de casos extremos y de situaciones que no se plantean en la vida cotidiana en la que no tenemos que afrontar decisiones de vida o muerte o en las que entren en juego valores contrapuestos. Sin entrar a valorar ahora ambas posturas, en estos días hemos podido asistir a un dilema de tipo político y moral. Ciertamente, la capacidad de decisión estaba muy lejos de nuestras manos. Pero no menos cierto es que todos podemos tener una opinión formada al respecto. ¿Es lícito destinar fondos de ayuda al desarrollo a costear parte de una obra artística de gran envergadura? ¿Qué vale más, el arte o la vida del ser humano. La polémica me recuerda un ejemplo que escuché a Adela Cortina en una conferencia. Contaba que en alguna ocasión debatía con sus alumnos sobre un hipotético fuego, en el que tendrían que decidir si salvaban un gato o las meninas de Velázquez. El caso de la controvertida cúpula va un poco más allá: no se trata de contraponer la vida animal y una obra de arte, sino que entra en juego la propia vida humana. Por un lado, podríamos argumentar lo siguiente: aunque suene crudo, quinientos mil euros son una miseria en lo que a ayuda al desarrollo se refiere. Y si lo miramos en profundidad, la cúpula de Barceló es una obra artística de primera línea (no se sabe si por su calidad o por el nombre de su autor) llamada a perdurar en la historia. El problema es que si llevamos este argumento a sus últimas consecuencias, ni un sólo euro se destinaría a la ayuda al desarrollo: ¿Con qué legitimidad moral podría un político llamarnos a la solidaridad ante una catástrofe humanitaria, cuando los fondos de ayuda al desarrollo se destinana a una obra artística? Si quinientos mil euros no solucionan nada, los 300 anuales de solidarios anónimos solucionan menos. ¿Hay tanta distancia entre la decisión del gobierno y nuestras propias decisiones? Por otro lado cabe argumentar en la dirección opuesta: por muy importante que sea la obra de la ONU, la vida debe prevalecer sobre cualquier otro valor material en toda circunstancia y condición. ¿Acaso no es preferible vacunar a cientos de miles de niños que construir una cúpula? Sigamos la estrategia anterior y alarguemos el argumento hasta sus últimas consecuencias: si lo aplicaramos de un modo radical, ninguna obra artística habría llegado hasta nuestros días, urgidos por la necesidad y las carencias materiales que siempre han acompañado al ser humano. ¿Cambia en algo el problema la peculiaridad de que se trate de fondos públicos? No sé si está del todo justificado pensar que el estado tiene la obligación de ayudar al tercer mundo con el dinero público destinado al desarrollo, mientras que cada uno puede gastarse su dinero en sus caprichos particulares. Qué debemos hacer con nuestro propio dinero? ¿Permitirnos ese pequeño “lujo” en el que llevamos tiempo pensando o apadrinar a un niño del tercer mundo? ¿Ir de vacaciones en verano o enviar nuestro dinero a planes de desarrollo? Puede que la vida moral de cada uno no esté tan alejada de los dilemas como pudiéramos pensar.

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