¿Quién conduce el tren?

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Es como una amenaza constante por la que, en principio y como ocurre en El Proceso de Kafka, somos acusados y criminalizados si no nos atenemos a la lógica mercantil. En la vida cotidiana esto se traduce en que si al ciudadano se le ocurre protestar, por ejemplo, ante algún abuso relacionado con el consumo de algún producto, se encuentra a menudo con que nadie le atiende, nadie sabe nada, le aparecen contestadores automáticos cuando telefonea, le aseguran cosas que al poco alguien desmiente… El consumidor se ve abocado a mendigar ser atendido por aquél que nunca está, o que incluso tal vez ni siquiera exista. Se pierde en un laberinto de números telefónicos, de encargados, de vendedores. La sensación es de estar tratando con nadie, y de que debe comprar, consumir y callarse. Esto es una tendencia de la que se benefician desde luego las empresas y el mercado, porque consiguen vender sin responsabilizarse y multiplicando las ganancias. Hay una competencia salvaje, una manera de vender muy agresiva, con técnicas de marketing acaso inmorales pero que, como digo, nadie puede denunciar porque nadie responde… ¿A quién denuncias? ¿A una voz? ¿A un contestador automático? ¿A alguien que no es más que un eslabón obediente de una cadena que se pierde, inaccesible como el castillo de Kafka, que aparece tan pronto como desaparece fantasmagóricamente del cargo o incluso de la empresa? Una especie de cadena de mando, pero sin mandos. Y quien intenta reclamar es criminalizado, es decir, señalado y acusado de mil maneras. Su pecado: no adaptarse a los tiempos ni a la economía. Uno siente que nada ni nadie protege, como ocurre de hecho en las salvajes economías del Tercer Mundo que llegan al Primero enarbolando palabras como “competitividad”, “flexibilidad laboral”, “crisis económica”, en una especie de asalto (En Europa se ha subido la jornada laboral hasta 64 horas semanales, si mal no recuerdo). Decía que todo esto genera violencia. Los ciudadanos, consumidores y trabajadores la sufren, acostumbrándose a ser tratados mal, debido a la progresiva indefensión ante las injusticias que padecen. Desgraciadamente, también ellos extienden y reproducen el clima de violencia soterrada en una espiral imparable que afecta en lo más íntimo a las personas, que sufren psíquicamente por ello a pesar de las apariencias de muchos “ganadores” sonrientes. Es una violencia que se palpa en rostros, detalles, costumbres, reacciones, etc. Se trata de un mundo cruel. Un mundo en el que todos aprendemos a funcionar como átomos, en una sociedad atomizada y dividida en la que nadie se fía de nadie y en la que por tanto no existe el diálogo ni la salud en las relaciones humanas. Creo percibir, y espero equivocarme, que algo de este clima, en efecto, ha llegado a la universidad española. Es la violencia de un mercado erigido en juez absoluto, inapelable y fantasmagórico. Como siempre ocurre en los movimientos reaccionarios, la reacción adopta el papel del sentido común y el orden objetivo. Dice cosas en principio razonables. Porque desde luego, y hablo sin ironía, es bueno que exista algún control que promueva un ejercicio responsable de las labores propias de los profesores e investigadores. Sí, debe haberlo. Y también que la universidad se adecue al mercado laboral que es donde tendrán que sobrevivir, al fin y al cabo, los alumnos. De acuerdo, todo esto está bien. Pero de ahí al estresante clima que genera el tener que justificarse constantemente ante el mercado, hay un abismo. Ya expuse el peligro contra la independencia, necesaria para la libre función crítica de las universidades, que el sometimiento a los requerimientos del libre-mercado supone. La universidad puede verse reducida a una fábrica de formar buenos empleados, eficientes, para las empresas que pagan… como ya ocurre en algunos países con ciertos masters, cursos y proyectos de investigación en los que se forman a las personas según los perfiles exactos que vienen bien a la empresa que promueve dichos estudios. Y suele ocurrir que lo que se fomenta es el dominio de una razón técnica instrumental, la propia de operarios eficaces. ¿Es este el tipo de progreso que queremos? En relación con todo esto surgen preguntas inútiles: ¿No puede acaso el mercado equivocarse? ¿Estamos entendiendo que es el mercado el criterio de la verdad? ¿Y de la justicia? ¿Por qué? El ciego e invisible mercado de la ganancia a toda costa. Ahora todo consiste en competir con los demás y recibir los premios que concede este mercado a quienes trabajan para él. Nos pide que le sirvamos sin cuestionarnos a quién servimos, porque además, dicen que la maquinaria ya es imparable. Sin embargo, uno recuerda que para Benjamin el progreso no consistía en continuar a toda velocidad dentro del tren de la modernidad instrumentalizadora, sino en tirar de los frenos de emergencia. Quizás el progreso que realmente beneficia a los seres humanos sea más bien eso, detener lo imparable, frenar lo que llegado el caso se ha demostrado que mata y puede matar (v.g. el Tercer Mundo), plantarse y decir NO, continuar obstinadamente la misión que debe tener la universidad, en cuanto lugar de cultura viva y creación de conocimiento. Pero quien hace esto, puede correr el riesgo de verse solo como Gregorio Samsa en La Metamorfosis, perdido como K. en El Castillo y acusado como Josef K. en El proceso.

Acerca de Marcos Santos

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Profesor

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