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Lo enseñan todo, hijo; qué poca vergüenza… -solía decir mi madre tapándome, escandalizada, los ojos al pasar junto al teatro Lido en fiestas del Carmen.
Bien mirado, enseñar es un verbo difícil. Tiene
amistades peligrosas como destapar, descubrir y desnudar.
Uno cree -iluso- que enseña Matemáticas, Ciencias Naturales o Geografía y no cae en la cuenta de la cantidad de contenidos subliminales -llamémoslos así- que imparte involuntariamente: la forma en que sujeta el libro de texto, el viejo Ford Fiesta que lleva aparcando diez años en la puerta del instituto, sus espantosos calcetines blancos, un anillo en el dedo pulgar, el pin del Athletic que cuelga, inasequible al desaliento, en su chamarra. Tal vez -se me ocurre ahora- los uniformes y las batas blancas intentaron ocultar durante muchos años esa intimidad que se nos escapa a cada momento.
El terreno de lo personal es siempre más fascinante que el académico; las largas patillas del profe de Educación Física mucho más que los estiramientos; la barba de dos días del hueso que les enseña Química, muchísimo más que la tabla periódica; el palestino al cuello del pesado de Cultura Clásica, bastante más que la cuarta declinación. La bicicleta -así caigan chuzos de punta- del bedel o el móvil de última generación de alguno de sus educadores tiene mucho más misterio que cualquier libro de texto.
Frank Mc Court en su novela El profesor nos da elocuentes ejemplos del enorme poder de lo personal. El escritor irlandés decide enseñarse para enseñar, destaparse para poder sobrevivir.
Desconocemos la lectura que hacen los alumnos pero resulta indiscutible -siempre que no sean intencionados- el potencial educativo de este tipo de mensajes: primero, porque dan una visión plural de la realidad; segundo, porque humanizan el proceso de aprendizaje.
El espacio donde educamos puede ser -cuidado…- extremadamente subliminal. El momento en que lo hacemos también.
No sé si me explico y es que explicar, explicarse es también un verbo que se las trae: no te debo ninguna explicación, explícate, ya me explicarás, cariño; te lo puedo explicar; como alcalde vuestro que soy os debo una explicación. Es
íntimo amigo de defenderse, justificarse.
Dejadle que se explique -suele pedir el que conserva un mínimo de sensatez antes de que la multitud arrastre a algún desdichado hasta la horca, el patíbulo, la hoguera.
Dejadle que se explique -grita mientras enciende la pira o comprueba el nudo corredizo.
En nuestro trabajo -glup- se conjugan verbos difíciles.
Lunes. En fin.
Aster Navas