
Esta entrada va dirigida a quienes no creen.
A quienes se les llena la boca de homo hominis lupus est, y a quienes en silencio otorgan.
Es difícil creer con la que está cayendo, con la que siempre ha caído. Pero aquí estamos. Sobreviviendo, avanzando, con regresiones, con problemas, con escollos. Porque hay quienes piensan que no todo está perdido y que el ser humano, en ocasiones, vale la pena. O quizás no la valga, pero no se detienen a comprobarlo. Cuando caminan cabalgan a lomos de mula vieja…
Cuando caminan, cabalgan
a lomos de mula vieja,
y no conocen la prisa
ni aun en los días de fiesta.
Donde hay vino, beben vino;
donde no hay vino, agua fresca.
Son buenas gentes que viven,
laboran, posan, sueñan,
y en un día como tantos
descansan bajo la tierra.
(A. Machado)
¿Es competencia nuestra valorar la bondad del hombre, la idoneidad y el fruto de nuestras acciones? ¿No sería bastante con tener una opinión de nosotros mismos? ¿No es suficiente con hacer lo que se cree apropiado sin preocuparse del resultado concreto de la acción? Lo cierto es que yo no me preocupo demasiado del efecto práctico de mis actos y la culpa la tiene Blas de Otero, salvando las distancias del contexto, obviamente:
Creo en el hombre.He visto
espaldas astilladas a trallazos,
almas cegadas avanzando a brincos
(españas a caballo
del dolor y del hambre). Y he creído.
Creo en la paz. He visto
altas estrellas, llameantes ámbitos
amanecientes, incendiando ríos
hondos, caudal humano
hacia otra luz: he visto y he creído.
Creo en ti, patria. Digo
lo que he visto: relámpagos
de rabia, amor en frío, y un cuchillo
chillando, haciéndose pedazos
de pan: aunque hoy hay sólo sombra,
he visto y he creído.
Sin embargo, a mi alrededor cada vez encuentro más gentes que no creen en el hombre. Ni en sus obras. Que solamente tienen fe en los “trallazos” y los “incendios”. Gentes que ven y no creen. Que no creen y no hacen, porque de nada sirve. Pero se equivocan, aunque es difícil encontrar argumentos, se equivocan, se equivocan.
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