Demasiados años han pasado ya desde que
John Taylor Gatto, en 1990, nos hiciera la pregunta clave de muchas de las cosas que venimos hablando
¿Por qué la escuela no educa?. Y demasiadas pocas respuestas ha dado el sistema. O ¿qué podríamos decirle hoy a este profesor norteamericano que entonces decía lo siguiente? «La miseria diaria a nuestro alrededor está causada en gran medida por el hecho de que – tal y como Paul Goodman lo estableció hace treinta años- forzamos a los niños a crecer en el absurdo. Cualquier reforma de la escolaridad tiene que tratar con elementos absurdos en su naturaleza intrínseca. Es absurdo y anti-vital ser parte de un sistema que te obliga a sentarte en lugares recluidos para gente de la misma edad y clase social que tú. Ese sistema te aparta radicalmente de la inmensa diversidad de la vida y de las sinergias de la variedad, de hecho te castra tu propio ser y futuro, acoplándote a un presente continuo de igual forma a como lo hace la televisión. Es absurdo y anti-vital ser parte de un sistema que te obliga a escuchar a un extraño leyendo poesía cuando lo que realmente quieres es construir casas, o sentarte a discutir con un extraño sobre la construcción de casas cuando lo que realmente quieres es leer poesía. Es absurdo y anti-vital moverte de aula en aula al sonido de una sirena durante todos los días de tu infancia natural en una institución que no te permite ninguna privacidad y que incluso te la quita en el santuario de tu propia casa pidiéndote que hagas tus “deberes”.» Sí, yo también creo que es anti-vital. Como absurdo también es que un alumno de Ciencias no tenga porqué disfrutar de la Historia del Arte. O que uno de Letras no sea invitado a ir a una visita a un museo científico. Como injustas, mezquinas e inmorales son las disputas de los órganos colegiados de las universidades e institutos a la caza de horas que llevarse a las alforjas de sus departamentos sin ningún criterio pedagógico. Escucha uno a diario, y lee en blog y redes, a profesores quejarse porque a su asignatura una determinada ley le reduce las horas, no dándole la importancia que, según ellos, tiene. En el fondo, es la defensa de su ombligo, no del de los alumnos. "¿Tú de qué asignatura eres?" suele ser una pregunta demasiado habitual cuando se acaban de conocer dos profesores. Muy significativo. ¿A cuento de qué vienen las recomendaciones, desde hace ya no se cuántos años de la necesidad de trabajo interdisciplinar? ¿Qué sospecha de mala contracción cultural se esconde detrás de ellas? Es absurda esta distribución en asignaturas. Hay ejemplos clarísimos de éxito en la organización por ámbitos curriculares que ofrecen al alumno un sistema educativo mucho más armónico, más entendible, menos compartimentado. Y, para colmo, los profesores que los dan suelen terminar la experiencia queriendo repetirla por el disfrute que supone. ¿Por qué no se extienden a más niveles educativos? Uno termina teniendo la sensación de que estas asignaturas que seguimos dando a lo único que responden es a la separación por especialidades del profesorado que accede a darlas. Vamos, la serpiente que se muerde la cola y termina engulléndose a sí misma. Mientras el currículum no cambie, sustancialmente, mientras nos acerquemos a la cultura con las miras tan estrechas que a día de hoy proporcionan las asignaturas, seguiremos teniendo eso, muchas asignaturas pendientes. Da auténtica pena esta distribución académica, nieta torpe de la escuela-Iglesia medieval, que cuando en la Historia se encontró con la distribución del trabajo capitalista, terminó engendrando asignaturas estrechas de miras, esta educación contraída.