
Alex, Andrés, Criss, Cristian, David, Eva, Héctor, José Ramón, María, Nayim, Tomás, Vlad.
Éstos fueron mis alumnos de 3º F el curso pasado en el Ámbito Lingüístico-social. A algunos los tuve también en 2º. El pasado viernes, al saber que no iba a continuar en el instituto, vinieron a buscarme para entregarme unas cartulinas con sus textos de despedida en los que querían dejar testimonio de su afecto y de su agradecimiento.
Todo ello del modo bullicioso e hiperbólico característico de los adolescentes cuando manifiestan en grupo sus sentimientos. Por mi parte, azoramiento, emoción inexpresable, turbación ante la expresión pública y ruidosa de afecto (era la hora del recreo ante la sala de profesores).
Pero, ¿a qué viene todo esto? Pues viene a que, efectivamente, el viernes di mi última clase en el Instituto (probablemente la última en Secundaria). Una comisión de servicios para trabajar en diversos proyectos del Ministerio de Educación ha puesto punto final a una larga etapa profesional. Ahora comienza otra.
Me llevo el afecto de mis alumnos. No sólo de aquellos cuyos nombres he escrito arriba; también de los de este curso, quienes me han manifestado su contrariedad -del mismo modo ruidoso y exagerado- por mi marcha. En algunos casos se han comportando como si los hubiera traicionado marchándome. Quiero mencionar sobre todo a Cristian, de 3º D, al que más he reñido, al que más he castigado… y, sin embargo (o quizá pon ello), el que más me ha expresado su pesadumbre.
Si. Me llevo el afecto de todos ellos y su agradecimiento. Y también la satisfacción de haber conocido a quien, sin duda, se va a convertir en una excelente profesora, a la vista de su entusiasmo y de su coraje, la jovencísima Paloma, mi sustituta.
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