El invasor de mentes
Publicado por Juanjo Muñoz el 14 Abril, 2008 - 18:30
De día se mueve sigiloso, aparece y desaparece, huye, se acerca, y vuelve a esconderse tras el fuego artificial nocturno. A veces, hace suya esa máxima de todo invasor: mientras más ruido haga, más fuerte parecerá, pero sólo eso, parecerá. Porque el ruido y la fuerza, ya lo sabemos, tienen poco que ver. Mientras más lamento se disemine, menos lo observarán a él. Si oye disparos, presiente cadáveres desparramados por la sabana. Si ve tigres, los sigue y no se expone. Busca la manada pero no quiere que lo vean en grupo. El invasor de mentes se afirma individualista, pero desprecia a todo individuo que se resiste a la invasión. Y a la vez pregona el peligro de invasiones de todo tipo, porque el invasor de mentes se dice, sólo eso, se dice, amante de la libertad. Otea el paisaje de las debilidades como nadie y aprovecha su oportunidad para sobrevivir, inoculando un veneno paralizante que deja a sus víctimas en estado de semiconsciencia que no es sino el sucedáneo laico de lo que otros llamaron resurrección, redención, liberación. Previamente, ha pasado el día haciendo círculos, evitando cualquier reflejo, cualquier espejo. Recuerda hasta la saciedad que tras la tempestad vendrá el huracán, que las serpientes se reproducen, que si se podan las malas hierbas siempre volverán a crecer. Pero no diferencia la hierba de las aves, el agua de la roca, la tempestad del sol, la brisa del huracán. Vuelve a oír disparos y se le erizan los pelos hasta que se da cuenta de que no estaba en el punto de mira. Entonces, escondiéndose tras los matojos, husmea y continúa su sueño de la invasión total, orientado por el cadáver que cree que va a encontrar tras la cacería. Pero, sólo eso, lo cree.
El texto-imagen de arriba lo encontré hace poco en Microsiervos.
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