Verdad y política
Publicado por Miguel Santa Olalla el 21 Abril, 2008 - 08:40
Como si del imperio de la sofística se tratara, a veces da la sensación de que la política es el reino de la opinión. El lenguaje es sin duda uno de los grandes perjudicados en los círculos políticos, en los que parece que no existiera ninguna verdad. Las palabras se devalúan y se diluyen en el interés. No hay un análisis serio de la realidad a partir de la cual se forma la opinión sino que esta nace de la ideología, del posicionamiento previo. Da igual cómo sean las cosas: lo importante es sólo la versión. La nuestra, claro. La verdad se ajusta a las necesidades del partido y todos continúan como si tal cosa. Es el circo del absurdo: pase lo que pase el gobierno se justifica y ofrece la más favorable de las interpretaciones, mientras que la oposición adopta como el punto de partida el rechazo más absoluto y la crítica, aunque sea injustificada. Por eso no sobra el escepticismo cuando se habla del gran logro social y político que implica la democracia: el paso de la fuerza como origen del poder a la palabra. Pero de poco sirve gobernar en función de la palabra cuando esta se vacía, cuando nada vale y es una herramienta más en manos del poder.
Retomemos casos recientes: si un presidente recién elegido plantea un nuevo equipo de ministros, se le reprochará que implícitamente está reconociendo la incapacidad de los anteriores. Si mantiene a unos cuantos en sus puestos, se le acusará de continuista. Prestidigitación de las palabras: los malos índices económicos antes de unas elecciones son pasajeros y los periodistas afines al gobierno emplean toda la agudez intelectual de la que son capaces para que se discuta si vivimos una recesión, una desaceleración o cualquiera otra cosa que no sea una crisis. Cuando el candidato es elegido, se reconoce la crisis económica, palabra maldita e impronunciable en el tiempo de las promesas. Si tengo que encadilarte, prometo que ni una gota de tu río será enviada a otras tierras. Consciente del problema de abastecimiento, una vez conseguido tu voto, apruebo un trasvase. Perdón, una conducción de agua. Que no es lo mismo, pero es igual. Son las reglas de la neolengua.
Mientras tanto, el partido de la oposición acaba de descubrir la semántica, y se cuestionan la diferencia entre ser liberales, conservadores y socialdemócratas. Como si a alguien le importara, en un país en el que más de la mitad de la población ignora las ideas definitorias del liberalismo y la socialdemocracia. Al final, por debajo del juego democrático y el lumnioso barniz del argumento, lo que hay dentro de cada partido y en cualquier parlamento es una guerra de poder, en la que poco importa la palabra, el lenguaje y, en consecuencia, la integridad u honradez personal. ¿Puede existir alguna verdad en política o toda proposición no es más que una expresión aparentemente razonada de lo que es sencillamente voluntad de poder? Nietzsche fue, en este sentido, mucho más sincero: Las justificaciones y las razones no son tales, expresan sólo nuestra voluntad más oculta. Por eso, quizás fuera más honesto poner las cartas sobre la mesa y admitir que en democracia impera la palabra, pero una palabra que no siempre tiene los mismos usos y valores que en el lenguaje corriente.









