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  Manuel Alcántara califica a Pedro Aparicio de europeo convaleciente en el prólogo de Sur de Europa, selección de artículos de éste publicados en el diario Sur entre 2004-2007. 

¿Cómo presentar a Pedro Aparicio?Esta es la pregunta que tuve que hacerme cuando lo invité, en 2004, para dar una charla en mi Instituto con motivo del día de Europa.  

El asunto es complicado porque Pedro Aparicio, además de Licenciado en Medicina por la UCM (1966), es Graduado en Periodismo (1973), Premio Extraordinario en su Doctorado en Medicina por la Universidad Autónoma de Barcelona (1976), Alcalde de Málaga (1979-1995), Presidente de la Federación de Municipios, Diputado en el Parlamento de Andalucía y Eurodiputado (1994-2004)...  

¿De qué temas habla en Sur de Europa? Los temas son muy variados. La obra que comentamos, está estructurada en tres partes, Recuerdos (20), Razones –actualidad política (15)- y Emociones (16), pero Aparicio se ha impuesto una norma al redactar sus artículos: no criticará la política municipal ni hablará  “contra los políticos que fueron mis amigos” (p.15). En Recuerdos, predominan los artículos de viajes. Hay referencias a Caracas y Moscú, a EEUU y a Italia, a Finlandia y Turquía, pero en su retina predominan las imágenes europeas de sus viajes en ferrocarril: “Europa ha pasado varias veces ante la ventanilla de mi departamento. De Rovaniemi a Palermo, de Estambul a Brest, de Moscú a Thurso, he meditado, leído, amado, cantado y dormido. En el tren he sido varios personajes de Verne...” (p.22) 

En Razones, predominan las alusiones a temas políticos candentes.Si en la Introducción Aparicio nos había prometido que no escribiría nada contra “los políticos que fueron mis amigos” (p.15), aquí podemos encontrar referencias  a Moratinos, al que denomina, en lenguaje tomado de Tirano Banderas, ‘barón de Moratones’ y describe así: “ Es grandote, achinado y propicio al cuchicheo. La frente panzona y la papada apoplética no consiguen disimular su perplejidad. Declara sin embargo que ha triunfado su diplomacia y que la esplendorosa luz de España, hoy más que nunca, deslumbra en el mundo. Se declara pacifista y cercano al ideario de Chávez, y proclama su afecto por los amigos izquierdistas del subcontinente” (p.161)

Hay alusiones personales también para Pepiño Blanco, Polanco, Zapatero, PRISA, Rosa Regás, etc.

 

 Pero más que las alusiones personales, lo que aquí importa son los temas abordados: la Ley Electoral, el Debate del Estatuto de Cataluña, unas alianzas de gobierno “sin parangón en Europa” (p.125), una opinión pública manejable, una izquierda que ha perdido su ‘norte’ (p.126), Aparicio se siente abatido ante la política internacional, antiterrorista y estructura del Estado (131), ante el sectarismo (137), cuestiones todas ellas que le lleva finalmente a estar seriamente  preocupado ante un involucionismo que vendría definido por una pérdida de peso de España en la escena internacional, menosprecio de la Constitución, por un furor nacionalista irreversible y por una catástrofe educativa (p.150). La conclusión a que llega el autor en esta segunda parte es clara: “España es mejor que en el franquismo, pero peor que hace 20 años” (p.131). 

En la tercera parte, Emociones, Aparicio se recrea en un mundo más personal. Imagina cómo le gustaría que fuera el Paraíso (p. 169), asunto en el que no se muestra especialmente exigente: “Ruego a quien proceda que me permitan entrar con mi almohada y con mis gafas. También que me instalen cerca de un quiosco de periódicos...”; escribe un cuento para el día de Reyes (209) o tiene tiempo para un recuerdo entrañable para su padre (Café de San Miguel) o para sus amigos: Manuel Alcántara, Antonio Soler, y sobre todo, Antonio Machado. Pero no todo está dicho, porque a lo largo de todo el conjunto se desarrolla lo que podríamos denominar un “tema transversal”: la crítica al casticismo: toros, ruido, recomendaciones (p.183), pero asimismo deplora la impuntualidad, el turismo de masas, el consumismo, las barbacoas a las que define como “un invento de pésimo gusto. Es hortera (...) son armas de destrucción masiva”. 

 

 

Algún lector puede llegar a la conclusión, como lo ha hecho algún compañero de partido, de que Aparicio peca de “elitista” en pasajes como éste: “Bebo con mis amigos un Chablis frío –el gran blanco de Borgoña- en una terraza del bulevar Beaumarchais. Hablamos de ópera...”.

 

 Otros, como Manuel Alcántara en su prólogo, pueden definir a Aparicio como “europeo convaleciente”, quizás dejándose llevar por sus “recuerdos impregnados de melancolía”, por su nostalgia (p.100) y, en ciertos pasajes, por su abatimiento (p.131) y por su pesimismo (p.126). 

 

Yo he llegado a la conclusión de que Aparicio es un espíritu sensato, profundamente humano y europeo que tiene todavía muchas cosas que contarnos. Préstenle atención en su partido y, por qué no, en la oposición. Prestemos también atención nosotros, los ciudadanos. Este país lo necesita.

    

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