Historia y coherencia
Publicado por Miguel Santa Olalla el 5 Mayo, 2008 - 10:57
En estos días ha resultado difícil sobrevivir a tanta efeméride y aniversario: al ya tradicional día internacional del trabajo, se le unía en esta ocasión el segundo centenario del dos de mayo, y el cuarenta aniversario del mayo del 68. La especie humana, que de todo crea símbolos, da más valor a ese 200 y a ese 40 que a cualquier otro número, y nos hemos visto rodeados de documentales, exposiciones, propagandas… Son las casualidades de la historia: los tataranietos de aquellos franceses que invadieron España y que extendieron sus planes imperialistas hasta Rusia, son los mismos que se levantaron contra la guerra y el imperialismo. El tiempo parece jugar con nosotros de la forma más caprichosa que se pueda pensar: los tataratataranietos de los que en diferentes ciudades se levantaron en armas contra el ejército invasor son los que ahora recelan de su vecino, piden privilegios y leyes que reconozcan su singularidad histórica. Parece que hoy Francia ya no es Francia y España ya no es España.
Es esta una de las oportunidades que el tiempo da a todos los pueblos: la de reinterpretar su historia, reinventarse a través de la crítica sistemática a la tradición. De tal manera que la historia se hace maleable, flexible, voluble: los hijos o nietos de los revolucionarios del 68 no reconocerían a sus padres en las fotografías. Y menos en algo que nos toca más de fondo: en las ideas. Los movimientos del 68 han cristalizado en burgueses acomodados, políticos de salón y negocios mercadotécnicos que utlizan los símbolos y las frases de un tiempo idealizado por los que lo vivieron y por los que lo añoran. Una movilización que se presentó como cultural y que terminó revelándose contra aquellos que en principio la habían alentado (el caso de Adorno es paradigmático). El levantamiento del dos de mayo, fue a ese respecto, mucho menos refinado, pero más honesto: cuchillo, escopeta y bayoneta, si es que se lograba pillar alguna. Subyugados tras la victoria a la miseria de antes, a la incultura y la dominación por parte del poder, no es fácil pensar en reproches para los que seguían con vida.
Mantener la integridad y la honestidad no es sencillo, y mucho menos si pretendemos extender este tipo de análisis a todo un pueblo. Los jóvenes del 68 francés son tan inocentes del expolio de África como puedan serlo los alemanes de los 90 del genocidio judío. De lo que no son inocentes ni unos ni otros es de las posibles traiciones históricas, de los cambios y virajes intelectuales que al final terminan justificando la exaltación y movilización juvenil como una enfermedad pasajera. La traición a las propias ideas no es algo pasajero: algo se nos habrá puesto a tiro, alguna oportunidad se nos habrá presentado para que los instigadores de las revueltas estén integrados en el capitalismo sin ningún tipo de escrúpulo o muestra de arrepentimiento. Toda revolución se disipa con el tiempo y pocas son las que dejan señales en la historia y la sociedad: no son pocos los que se avergüenzan del dos de mayo (en muchas ciudades se esconden o disimulan sus restos con un barniz de indiferencia) o de mayo del 68. Y por volver al día del trabajo: ¿podrían soportar los sindicatos actuales la mirada de sus fundadores o de aquellos seres humanos implicados en el movimiento obrero de la segunda mitad del XIX? Puede que lo mejor sea no hacer demasiadas preguntas molestas…









