El dilema del prisionero y los sentimientos
Publicado por Miguel Santa Olalla el 6 Mayo, 2008 - 10:20
Nuestro prolijo análisis del dilema del prisionero da hoy un paso más. La teoría de juegos suele partir del presupuesto esencial de la racionalidad. Si nos enfretamos a una situación como la del dilema del prisionero se suele advertir a cada uno de los jugadores: toma la decisión más racional teniendo en cuenta que tu compañero de juego también es racional. Es decir: ambos sois racionales y ambos sabéis que lo sois y que vais a actuar en consecuencia. En este presupuesto está una de las claves del asunto, ya que, en realidad, el dilema del prisionero incluye toda una teoría de la racionalidad humana. El problema es que el resultado del dilema puede variar no en función de la razón, sino de los sentimientos o las pasiones. Supongamos que alguien se enfrenta al dilema del prisionero, pero su compañero de viaje es en esta ocasión su pareja, su mejor amigo, su hijo, su padre o su madre. Es decir: ¿qué ocurriría si hubiera una relación afectiva de amistad/cariño/amor/odio/enfado/enfrentamiento entre los participantes del dilema del prisionero?
En principio, parece clara una cosa: la disposición a la colaboración sería mucho más clara. No es lo mismo traicionar o dejar de ayudar a un desconocido que hacerlo con cualquier otra persona a la que conozcamos. Y si además de conocer a esa persona hay una relación afectiva del tipo que sea, la obligación de la colaboración parece aún más fuerte. ¿Es esto racional? ¿Es simplemente la herencia genética de las familias, tribus, castas o clases sociales en las que se han organizado los homínidos desde hace milenios o existe algún fundamento racional para ello? ¿Puede el dilema del prisionero dar una explicación de este tipo de comportamiento? Por muy aficionado que sea uno a la teoría de juegos y al dilema del prisionero con todas sus variantes, no es fácil explicar desde su instrumental teórico el por qué la colaboración es una estrategia dominante con nuestros familiares y amigos y no lo es con la misma intensidad con el resto de personas. Pensémoslo al revés: cuando se enquista el odio y el enfrentamiento se pueden generalizar actitudes que desde el dilema del prisionero no pueden recibir más calificación que la de irracional.
¿Era racional la carrera armamentística de la guerra fría? Puede que los especialistas digan que sí. ¿Es racional que un proceso de divorcio se caracterice por una escalada de insultos, amenazas, juego sucio y chantajes? El caso es que los sentimientos introducen una distorsión nada despreciable en la racionalidad asociada al dilema del prisionero y en las estrategias resultantes, de manera que las predisposiciones a la colaboración o a la traición aumentan y disminuyen. Curiosamente, el ser humano tiene la fea y mala costumbre de tener en cuenta razones, pasiones y sentimientos, por lo que parece que, a este respecto, el dilema del prisionero no basta para explicarnos las decisiones y acciones humanas. A no ser que introduzcamos un análisis de los sentimientos humanos y de su relación con las acciones morales. Habría que ver, por ejemplo, cómo afecta a la “matriz de pagos” cada uno de los sentimientos, y tratar de actuar en consecuencia. “Cálculo moral” que todos hacemos de alguna manera, sin basarnos en matemáticas y probabilidades. Más bien dejándonos llevar por nuestra experiencia e intuición. Sabiendo en todo momento, eso sí, que los sentimientos juegan un papel protagonista en la vida moral del ser humano, en su forma de vivir y actuar.
P.D: fuente original de la imagen.









