El fin de un reinado

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Hubo una época donde los maestros eran considerados pilares de la sociedad. El prestigio de un educador era similar al de un doctor, o un abogado y sus métodos pedagógicos jamás eran cuestionados por padres o alumnos. Por años y años los maestros tenían el derecho implícito de poder corregir a sus alumnos e imponer castigos físicos a aquellos pupilos que se atrevían a hacer algo indebido en la clase. Algunos de nosotros todavía recordamos los granos de maíz en los que nos obligaban a arrodillarnos en un rincón de la clase, o el reglaso que recibíamos en nuestros brazos extendidos por no haber aprendido la lección correctamente. La mayoría de nosotros no nos atrevíamos a quejarnos con nuestros padres del halón de oreja que la maestra nos había dado por hablar en clase, ya que esto implicaría castigos adicionales en la casa por portarnos mal en la escuela.  Hay que reconocer que muchos maestros bordeaban la crueldad en sus castigos, y en más de una ocasión uno que otro alumno llegaba a la casa con sendos moretones, producto de un borrador tirado por el maestro o un golpe mal dado con una regla. Pero por lo general, el maestro era el monarca del aula, y nadie se atrevía a cuestionar su autoridad real.  

 

En la década de los 80, muchos países comenzaron a prohibir explícitamente los castigos corporales en las escuelas. En algunos de estos países, aunque ya la prohibición existía desde hacía mucho tiempo atrás, la práctica continuaba y en solo contadas ocasiones un maestro se metía en problemas por castigar físicamente a los alumnos.  Quizás este fué el primer melle en la autoridad del maestro. Por primera vez, un alumno tenía en su poder la capacidad de destruir la carrera de un maestro si se quejaba antes las autoridades de que había sido abusado físicamente por un maestro. Los maestros comenzaron a restringir la forma como impartían la disciplina en el aula, y los alumnos no tardaron en descubrir que podían salirse con las suyas con mas facilidad e impunidad.  

 

Las crisis económicas obligaron a muchos países a recortar fondos en la educación. Los salarios de los maestros se mantenían bajos, mientras el costo de la vida aumentaba por día; y muchos buenos maestros se vieron obligados a abandonar sus carreras por otras mejor remuneradas. El resultado fué una avalancha de maestros nuevos que ocuparon las plazas abandonadas por los veteranos educadores. Estos nuevos educadores traían a las aulas nuevos conceptos pedagógicos, productos de las últimas teorías sicológicas; donde la autoestima del niño estaba ligada a resaltar los logros académicos y minimizar o ignorar las fallas; mucho menos castigarlos si no cumplía con las tareas o tenia alguna falta de disciplina.

Las universidades minimizaron los requisitos para entrar en la escuela de educación, respondiendo a la falta de maestros y el aumento de los estudiantes de primaria. Esto conllevó a que la sociedad comenzara a ver al maestro como alguien que escogía la profesión porque no podía entrar en carreras que demandaban más esfuerzos académicos. El prestigio del maestro continuó en descenso.  

Hoy en día, especialmente en los Estados Unidos, se escuchan constantemente noticias de maestros manteniendo relaciones sexuales con alumnos. Casos como el de Mary Kay Letourneau, Amy McElhenney y Debra Lafave han creado una atmósfera circense alrededor de las escandalosas relaciones. Algunos pueden argumentar que estos abusos siempre han existido, pero que hasta ahora salen a la luz pública debido a la prensa amarillista y la rapidez con que las noticias se propagan a través de la Internet.  Quizás tengan razón, pero lo cierto es que casos como estos hacen que los jóvenes vean la educación como una perdida de tiempo, mas que como un vehiculo para alcanzar el éxito en la vida.

Este artículo fué originalmente publicado en mi blog "Padres Para Siempre" 

 

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