¿Por qué valen las palabras?
Publicado por Miguel Santa Olalla el 20 Mayo, 2008 - 11:06
Una de las características diferenciadoras del ser humano consiste en contar con un lenguaje articulado. La capacidad de nombrar debe tener algo de “divino” y misterioso, y así aparece recogido en diversas mitologías (desde la judeocristiana a la griega, lo de poner nombre era un privilegio de unos pocos…). El caso es que el lenguaje es tan poderoso (recordemos, por ejemplo, la neolengua de Orwell) como enigmático. Los mecanismos de las palabras se nos escapan, y los filósofos han venido buscando desde hace siglos su secreto. Para unos, las palabras son un tanto fanfarronas: se presentan ante nuestros ojos como las diosas del conocimiento, pero en realidad dependen de las cosas materiales para cobrar significado. El poder del lenguaje no es tal, sino que deriva del mundo que nos rodea, de la naturaleza, a la que la palabra no puede hacer otra cosa que representar. Las cosas dan el significado a las palabras y sin aquellas estas no serían más que sonidos huecos, capaces de enredarnos y distraernos, sí, pero sin capacidad expresiva.
Otros piensan que el enigma de las palabras está dentro de cada uno de nosotros. No tienen valor las expresiones por sí mismas si no somos nosotros las que les damos vida, las que les prestamos el aliento y el tono de la voz. Lo que queremos decir al hablar puede llegar a subvertir las palabras: en ciertas cirscunstancias y situaciones es posible incluso querer decir lo contrario de lo que se dice, atentar contra las palabras imponiéndoles con nuestra forma de decirlas un significado contrario y opuesto. Como si las palabras fueran sólo instrumentos o herramientas a nuestra disposición, medios adecuados a nuestros fines que no siempre tienen que ser manifiestos. El discurso argumentado y razonado esconde para algunos deseos no escritos ni pronunciados, quizás porque no convenga expresarlos. El orden de las palabras se somete así al de nuestra voluntad. O simplemente: la palabras tienen el valor que cada uno de nosotros le concede. La intención al decir es casi más importante que el decir mismo.
Hay un tercer grupo en discordia: ni el mundo, ni el yo. Las palabras funcionan y valen porque nosotros lo queremos. Es la sociedad la que crea el lenguaje, lo mentiene vivo y lo transmite. Usar las palabras es ir dándoles forma, es adaptarlas a las circunstancias y sondear nuevos significados. Hablamos porque los demás nos hablan, y hablándonos nos enseñan a hablar. Cada uno es en el lenguaje en que vive, en el que nace y en el que crece. Son las palabras aprendidas las que nos guían, las que nos indican la realidad y nos la descubren. El lenguaje del nosotros nos enseña a ver las cosas. El gran grupo se pone de acuerdo: estas son las palabras y estas sus reglas de uso, su funcionamiento. Ni siquiera es imprescindible codificar esas reglas, porque se mantienen vivas en cada una de nuestras frases. Reglas no escritas ni quizás pensadas, cuya violación conlleva un alto precio: la incomprensión, la soledad del que no puede hablar con otros, el aislamiento. ¿El mundo, el yo, el nosotros? ¿Cuál de los 3 puntos de vista nos explica mejor el funcionamiento de las palabras?









