La educación de los niños
Publicado por José María Ruiz... el 15 Junio, 2008 - 23:10
Gustavo Martín Garzo nos regala hoy en El País uno de esos textos que se infiltran en las tareas cotidianas, y estallan sigilosamente en mitad de cada acto con una carga de emociones que no cesa. Que quizá la prisa de mañana desactive, o las evaluaciones próximas. O a lo mejor se queda un tiempo entre nosotros.
Con una hija única de cuatro años no cabe mayor indefensión ante sus argumentos, y las apelaciones en busca de respuesta se atropellan. ¿Por qué ese pavor a mimar a los niños? ¿Por qué el rigor con ellos es aceptado socialmente? ¿Por qué nos sumamos espontáneamente a la sistemática represión de una curiosidad que choca contra los barrotes de nuestro mundo de adultos? ¿No tendría que ayudar el niño que sigue dentro de nosotros a comprender a los que tenemos alrededor? ¿Queda algo de él?
La lectura de su impúdico elogio de la felicidad como un medio favorable para la educación es necesaria. Aunque sólo sea para no olvidar el valor pedagógico de la afectividad, que situándolo en el terreno de la docencia, nos permite reconocerla como uno de los pilares sobre los que descansa nuestra auténtica autoridad sobre el alumnado. ¿Cuántas veces nos habrán demostrado que están dispuestos a hacer por afecto lo que no harían por deber o por un hipotético beneficio futuro que queda fuera de su horizonte vital a menudo?
Sobre el rigor docente cabe también preguntarse, ¿por qué se acepta comúnmente que los que tienen más experiencia sean menos “duros” en general? ¿qué clase de virtud encontramos en la mayor exigencia los docentes en edades más tempranas? ¿ha de estar desprovisto el aprendizaje de algún carácter lúdico necesariamente?
Y después de su lectura se cierne sobre nuestro afán por dotar a nuestros hijos de los mejores recursos para afrontar la vida, que a menudo consisten en tenerlos menos tiempo con nosotros, el temor de mermar el más básico. La cita de Faciolince nos lo recuerda:
Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz.
También su padre, Héctor Abad Gómez, ayuda a entender la necesidad y el carácter práctico de darles todo el cariño:
Si quieres que tu hijo sea bueno hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad.
Gracias a ERLICH por autorizar la publicación de su viñeta en esta entrada y a Miguel García por enseñármela.
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