Museo Pedagógico
Publicado por Concepción Pérez el 12 Julio, 2008 - 11:51
A quienes les guste la temática educativa, la pedagogía o hayan vivido en primera persona la evolución del sistema educativo español a través de los años, sin duda les encantará visitar el Museo Pedagógico de Aragón (Huesca).
En su interior podemos encontrar, además de múltiples objetos y documentos, varias aulas antiguas con sus pupitres, sus figuras, los libros de entonces, y especialmente unos bonitos montajes con luz y sonido como el que aparece aquí. Mientras el inocente visitante se adentra en sus pasillos, estos montajes se accionan automáticamente, de manera que, en cuestión de segundos, se siente el espectador teletransportado al pasado de la mano de los versos de Machado, sabiamente acompañados por música y escenografía. Hay tres montajes, cada uno dedicado a una época histórica o a un recuerdo de la infancia. En uno de ellos se escucha un relato, aunque no acierto a saber a quién pertenece. Por eso lo voy a escribir aquí, a la espera de que alguien me comunique el nombre de su autor. ¿Lo conocéis?
RELATO
Entrábamos a las diez, saludando a la maestra con el “Ave María Purísima”. Después de la oración empezaba la clase. En el largo y duro invierno, llevábamos cada día el leñazo para la estufa, que encendía a primera hora alguno de los mayores. Recuerdo el crucifijo, el cuadro de la Inmaculada, de Franco, de José Antonio, el mapa con las provincias y capitales, la hucha del negrito y la bola del mundo sobre el armario. Me acuerdo de los negros tinteros de plomo, y del botellón de tinta, de los borrones, del cuaderno de sucio, y de limpio, y del que hacíamos entre todos, la Enciclopedia de Dalmau Carles, aquél libro de lecturas, el cálculo y las cuentas para casa, aquellas labores de las chicas mayores junto a la estufa, y los versos para el mes de las flores en la iglesia. Los sábados resumíamos el Evangelio en los cuadernos y los domingos era obligado asistir a misa todos juntos con la maestra. A la hora del recreo, cada grupo jugábamos por separado, los chicos a las canicas o con la peonza y las chicas a la comba, al corro…, hasta me parece que me queda en la boca el sabor de la leche en polvo americana y de aquel queso tan amarillo. La escuela de mi infancia se cerró, como tantas otras en nuestra tierra, en los años setenta. No quedaban críos, y muchos del pueblo nos habíamos tenido que ir ya, para encontrar un trabajo y una forma de vida distinta. A mi maestra la volví a encontrar una vez por los Porches, y hasta me conoció. A pesar de la edad, seguía teniendo aquella mirada viva y profunda con la que nos envolvía a todos. La escuela, y la maestra, que no olvido….









